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jueves, 22 de marzo de 2012

Los Secretos de María Magdalena


Elaine Pagels

¿Quién era, esa elusiva, y fascinante, mujer del círculo cercano de Jesús de Nazaret? Por casi dos mil años, María Magdalena a vivido en la imaginación de los Cristianos como una prostituta seductora; en estos tiempos, la ficción contemporánea hace de ella una imagen como la amante esposa de Cristo y madre de sus hijos. Sin embargo las fuentes más antiguas que hablan de María Magdalena —tanto del Nuevo Testamento como fuera de él— no describen ninguno de estos papeles de sexualidad, sugiriendo que la misma mujer, y como es que llegamos a verla así, es más compleja de lo que muchos de nosotros nos imaginábamos. Entonces, ¿era una de las seguidoras de Jesucristo, y su riqueza ayudó a financiar el movimiento, como el Evangelio más antiguo del Nuevo Testamento —el Evangelio de Marcos— nos dice? ¿Una desquiciada mujer que estaba poseída por siete demonios, como Lucas dice? ¿O la discípula más cercana a Jesucristo, a la que Él amaba más que a los otros, como el Evangelio de María Magdalena nos dice? O, en las palabras del dialogo del Salvador, ¿“La mujer que entendía todas las cosas?”. Cuando investigamos los archivos disponibles más antiguos, nos encontramos con todas estas imágenes conflictivas, y más. Lo que descubrimos, también, es que, la contestación que encontramos depende en dónde buscamos. Lo que es probable el relato más antiguo viene del Nuevo Testamento, el Evangelio de Marcos, escrito cuarenta años después de la muerte de Jesucristo. El Evangelio de Marcos nos dice que, cuando los soldados Romanos estaban crucificando a Jesús, María Magdalena estaba cerca junto a un grupo de mujeres mirando la ejecución, llorando, porque los discípulos masculinos habían huido temiendo por sus vidas. Junto con Salomé y otra mujer llamada María (la madre de Jaime y José), María Magdalena continuó su vigilia hasta que Jesucristo murió; después junto con sus compañeras, miró como su cuerpo fue envuelto cuidadosamente con telas, y puesto en una tumba sellada con una roca.

Marcos nos explica que María Magdalena, Salomé y “la otra María” estaban entre esas que “seguían a Jesús y proveían por Él”-probablemente con comida y un lugar en donde quedarse, tal vez con dinero para sus necesidades básicas— cuando él estaba en Galilea. En la mañana después del Sabbat, las mujeres vinieron a ofrecerle los finales rituales a su maestro, trayendo especias aromáticas para complementar en su funeral, pero el relato de Marcos termina en notable confusión y shock: encontrando la tumba abierta, y el cuerpo desaparecido, las mujeres, oyendo que Jesús “no está aquí; él ha resucitado,” salieron corriendo, temblando de miedo,” pues el miedo y asombro cayó sobre ellos, y no le dijeron a nadie, pues estaban aterrorizados.”

Mateo, quien escribió su versión después de Marcos, repite la misma historia pero cambia el perturbador final. María Magdalena y sus compañeras se fueron de la tumba rápidamente, más lo hicieron “con temor y alegría.” Y en vez de tratar de no decir nada, ellas inmediatamente fueron corriendo “a decirles a los discípulos. Entonces, mientas caminaba, el mismo Cristo resucitado se les apareció, y hablo con ellas.

Lucas, al igual que Mateo, escribió su historia después de Marcos, pero tenía en mente algo diferente cuando el reviso el Evangelio de Marcos. Para aclararle al lector que la mujer -cualquier mujer, mucho menos María Magdalena— pudo haber estado entre los discípulos de Jesucristo, Lucas inicialmente deja fuera el comentario de Marcos que María Magdalena, y la otra María “seguían a Jesús” (puesto que decir esto se entendería que ellas estaban entre los discípulos). Entonces Lucas deliberadamente contrasta a “los doce” —los hombres a los cuales se dice que Jesús nombró sus discípulos— con esas que el llama “las mujeres” a las cuales clasifica entre los necesitados, enfermos, y locos de entre las multitudes que se arrejuntan entre sí empujando a Jesús y sus discípulos. De este modo, Lucas, a diferencia de Marcos, dice que María Magdalena vino a Jesús para ser liberada de siete espíritus demoniacos, y solamente una de entre “algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malignos y enfermedades.” Lucas identifica a estas mujeres como “María, llamada la Magdalena, de quien siete espíritus malignos habían salido de ella, y a Joanna... y Susana y muchas otras”, las cuales, el concede “Le ayudaban económicamente (a Jesús y sus discípulos) de sus propios medios.”

Cuando Lucas cuenta la historia de la crucifixión y muerte de Jesús, cambia tres pasajes en los cuales Marcos nombra a María Magdalena, la deja sin nombre en estos tres pasajes, solamente situada entre un grupo anónimo que llama “las mujeres”.

Sólo después de que las mujeres anónimas testifican acerca de lo que miraron a “los once” (el círculo cercano al que Lucas llamaba “los doce” hasta que Judas Iscariote, el que traicionó a Cristo, los abandonó) Lucas nombra a tres mujeres. Porque a estas alturas, aparentemente, las testigos son necesarias para validar el testimonio y ahora el nombra a las tres que ve como las más prominentes:

María Magdalena, María la madre de Jaime y José, y Joanna. Aunque Lucas, al Igual que Juan, algunas veces habla positivamente de “las mujeres,” nos preguntamos porque, otras veces, denigra a María Magdalena y menosprecia su papel.
Ahora, gracias a los descubrimientos de otros evangelios ancestrales -evangelios no incluidos en el Nuevo Testamento, los cuales se mantuvieron desconocidos por casi dos mil años hasta su reciente descubrimiento- podemos entender lo que Lucas tenía en mente. Porque estos otros evangelios, que se encontraron traducidos al Copto Egipcio, originalmente habían sido escritos tiempo antes, en Griego, al igual que los evangelios del Nuevo Testamento. Los académicos debaten cuándo fueron escritos, pero generalmente están de acuerdo que fueron escritos en los primeros dos siglos del movimiento Cristiano. Lo que encontramos en estos descubrimientos es sorprendente: cada una de las fuentes recientemente descubiertas que mencionan a María Magdalena —fuentes que incluyen el Evangelio de María Magdalena, el Evangelio de Tomás, el Evangelio de Felipe, la Sabiduría de la Fe, y el Diálogo del Salvador— unánimemente muestra a María Magdalena como una de las discípulas en la que Cristo más confiaba. Algunos hasta la reverán como su principal discípula, la confidente más cercana de Jesucristo, desde que se dio cuenta de que ella era capaz de entender sus más profundos secretos. Podemos ver que Lucas aparentemente no quería reconocer que algunas de esas, a las que previamente había llamado simplemente “las mujeres”, eran en realidad reconocidas como discípulas. Aunque en esta introducción no podemos discutir estos destacados textos en detalle, vamos a revisar rápidamente cada uno de estos mencionados evangelios.

Primero, el Evangelio de María Magdalena muestra a María tomando el papel de liderazgo entre los discípulos. Encontrando a los discípulos masculinos aterrorizados de predicar el evangelio después de la muerte de Jesucristo puesto que ellos temían, que también, serian arrestados y asesinados. María Magdalena se para y los anima, “volviendo sus corazones a lo bueno,” cuando Pedro, reconociendo que “el Maestro te amaba más que a las otras mujeres,” le pregunta a María Magdalena “dinos lo que te dijo,” secretamente, María Magdalena está de acuerdo. Cuando ella termina, Pedro, furioso, pregunta, “¿Realmente Él habló privadamente con una mujer, y no abiertamente con nosotros? Ahora se supone que todos debemos volvernos hacia ella y escucharla? ¿La amaba más que a nosotros? Sorprendida por su rabia, María Magdalena le contesta, “Mi hermano Pedro, ¿qué piensas? ¿Crees que yo inventé todo esto en mi corazón, o que estoy mintiendo acerca del Salvador?” en este punto Levy interfiere a mediar en la disputa: “Pedro, siempre te dejas llevar por tu rabia. Y ahora te veo discutiendo con ella como si fuera nuestra enemiga. Si el Salvador la consideró digna, ¿quién eres tú para rechazarla? Seguramente el Señor la conocía muy bien; por eso es que la amaba más a ella que a nosotros.” El Evangelio de María Magdalena termina cuando los otros están de acuerdo en aceptar las enseñanzas de ella, y los discípulos, incluyendo María, continúan proclamando el evangelio.

Al igual que el Evangelio de María Magdalena, el Evangelio de Tomás muestra a María Magdalena como una de las discípulas de Jesús, sorprendentemente, ese evangelio solo nombra a seis discípulos, no doce, y de esos seis dos son mujeres —María Magdalena y Salomé. Sin embargo como la disputa entre María Magdalena y Pedro en el Evangelio de María Magdalena, algunos pasajes en el Evangelio de Tomás indican que en el tiempo que fue escrito, probablemente entre el año 90 ó 100 d.C.. La pregunta de si la mujer podía ser discípula ya había desatado una explosiva controversia. Por ejemplo, en el dicho 61, Salomé le pregunta a Jesucristo quién es Él: “¿Quién eres tú, hombre, que te has sentado en mi sillón, y comido de mi mesa?” Cristo le contesta, “ Yo vengo de lo que no está dividido;” que es, de lo divino, lo cual trasciende el género sexual, de este modo rechaza lo que ella da a entender —que su identidad envuelve primariamente que Él es hombre, como el de ella ser mujer.

Salomé inmediatamente entiende lo que quiere decir, reconociendo que esa verdad es también para ella, de esta manera ella inmediatamente contesta, “Yo soy tu discípula.

Sin embargo, aquí, también como en el evangelio de María Magdalena, Pedro la pone en entre dicho y se opone a la presencia de mujeres entre los discípulo. De acuerdo al dicho 114 del Evangelio de Tomás, Pedro le dice a Jesús, “Dile a María que se valla, pues las mujeres no son dignas de vida (espiritual).” Pero en lugar de correr a María, como Pedro insiste que el haga, Jesús reprende a Pedro, y declara, “Yo haré de María un espíritu viviente.” Para que ella —o cualquier mujer- se vuelva capas de vida espiritual como cualquier hombre era en el primer siglo de la tradición Judía.

Hemos podido encontrar otro relato de un argumento en el cual Pedro pone en entre dicho el derecho de María Magdalena de hablar entre los discípulos en el dialogo llamado la Sabiduría de la Fe, después de que María le hiciese a Jesús bastantes preguntas, Pedro interfiere, y se queja con Jesús de que María habla mucho y de esa manera desplazando la prioridad que se le debería de dar a Pedro y sus hermanos discípulos. Sin embargo, aquí también, como en el Evangelio de María Magdalena y el Evangelio de Tomás, el intento de asilenciar a María le gana el rápido reproche, esta vez del mismo Jesús. De todas maneras, más tarde María le admite a Jesús que ella muy apenas se atreve a hablar delante de Él libremente, porque, ella dice, “Pedro me hace titubear; le tengo miedo, pues el odia la raza femenina.”

Jesús le dice que a quien sea que el Espíritu inspira es ordenado divinamente a hablar, ya sea hombre o mujer.

Este repetitivo tema de conflicto entre María Magdalena y Pedro que encontramos de muchas fuentes—conflicto que envuelve el rechazo de Pedro a reconocer a María Magdalena como discípula y mucho menos como líder entre los discípulos- muy bien puede reflejar lo que mucha gente sabia y dijeron del real conflicto que existía entre los dos. Sabemos, también, que desde que la mujer se identifica con María Magdalena, cierta gente en el movimiento decía tales historias acerca de ella -o en contra de ella- como un modo de discutir acerca de si, o como, la mujer podía participar en sus círculos.

Una nota, por ejemplo, que los mismos escritores que muestran a Pedro como el discípulo a quien Jesús reconoce como ser el principal líder -hablamos de los autores de los evangelios de Marcos, Mateo, y Lucas- son los mismos que muestran a María Magdalena como alguien que no es discípula del todo, si no simplemente como una de “las mujeres,” o, peor, en el caso de Lucas, ella es alguien que estaba poseída por demonios. Claramente, lo que hace sus relatos históricamente importantes, es que estos tres son los evangelios que vinieron a ser incluidos en el canon del Nuevo Testamento---que todos invocan, hasta ahora, para “probar” que la mujer no puede tener posiciones de autoridad dentro de las iglesias Cristianas.

Debemos notar, también, como esto trabaja en reversa: cada una de las fuentes que revelará a María Magdalena como una líder entre los apóstoles fueron excluidos del canon del Nuevo Testamento, cuando estos textos fueron excluidos -entre ellos el Evangelio de María Magdalena, el Evangelio de Tomás, el Evangelio de Felipe, la Sabiduría de la Fe, y el Dialogo del Salvador-. Muchos Cristianos excluyeron también la convicción que la mujer podía -y debería- participar en el liderazgo de la Iglesia.

El Dialogo del Salvador, otro texto ancestral descubierto junto con los otros alternativos evangelios, asegura recontar un dialogo entre el Cristo resucitado y tres discípulos que el escogió para que reciban revelaciones especiales —Mateo, María Magdalena, y Tomás-. Sin embargo aquí, después de que cada uno de los tres se enfrascan en un dialogo con Jesús, el dialogo se enfoca en María Magdalena para que reciba la más alta alabanza: “Esto ella hablo como la mujer que entendió todas las cosas.”

Finalmente, antes de enfocarnos en los fascinantes estudios que encontramos en este libro, deberíamos de mirar una de las fuentes más fascinantes de todas—el Evangelio de Felipe: este evangelio muestra como muchos de los Cristianos primitivos miraban a María Magdalena: como la constante compañera de Jesús. Ciertamente los lectores contemporáneos entendieron que literalmente esto significaba que ella era la esposa y amante de Jesús. Es verdad que el Evangelio de Felipe la muestra a ella como la compañera más intima de Jesús, y que el termino Griego (syzygos, consorte) puede sugerir una relación intima. Además, al igual que las otras fuentes que hemos visto, el Evangelio de Felipe testifica acerca de la rivalidad entre María Magdalena y los otros discípulos masculinos.

La compañera del Salvador es María Magdalena. (Pero Cristo la amaba) a ella más que a (todos) los otros discípulos, y seguido la besaba en su (boca). El resto de los discípulos se ofendían por esto.

Ellos le decían a Él, “¿Por qué la amas más que a todos nosotros?” el Salvador les contesto diciéndoles, “¿Por qué no los amo tanto como la amo a ella?”

Esta declaración, en la que el Evangelio de Felipe muestra a María Magdalena como la acompañante de Jesús, y tal vez hasta su compañera, ayudo a inspirar uno de los más controversiales tramas en el libro de Dan Brown “El Código Da Vinci.” Para el propósito de su ficción Brown tiende a tomar esta sugestión literalmente. Pero si hubiera continuado leyendo el resto del Evangelio de Felipe, hubiera visto que el autor ve a María Magdalena como una poderosa presencia espiritual; como a alguien que manifiesta lo divino cuando aparece en forma femenina—pero sobre todo como la Sabiduría divina, y el Espíritu Santo.
Cuando los poetas y profetas de Israel hablaron del espíritu de la sabiduría y divino, ellos reconocieron el género femenino en términos Hebreos. El libro de Proverbios en el Antiguo Testamento habla de la Sabiduría como una presencia espiritual femenina. Que compartió con Dios el trabajo de la creación:

El señor me creo en el comienzo de su trabajo… antes del comienzo de la tierra; cuando no había aguas profundas, Yo fui creada… antes de que las montañas tuvieran forma, Yo estaba ahí, cuando el delineó la fundación de la tierra, entonces Yo estuve a su lado, como la principal trabajadora; y diariamente yo era su delicia, siempre regocijándome ante Él, regocijándome en su inhabitado mundo, y complaciéndome en la raza humana.

Así es que el Evangelio de Felipe mira a María Magdalena como una divina sabiduría—Hokhmah, en Hebreo, Sofía en Griego, los dos términos femeninos—manifestada en el mundo. La tradición mística Judía seguido habla de la presencia de Dios en el mundo no solamente como sabiduría, sino también como Shekinah, como su presencia. Por más de mil años después de que el Evangelio de Felipe, la tradición kabbalística, usando el lenguaje de los místicos alrededor del mundo, celebraría el aspecto femenino de Dios como su divina novia.

Simultáneamente, el Evangelio de Felipe celebra a María Magdalena como la manifestación del Espíritu Divino, el cual este evangelio llama la “virgen que bajó” del cielo. Cuando los Cristianos hablaban de Jesús “nacido de una virgen” este autor está de acuerdo—pero se reúsa a tomarlo literalmente. Y alguna gente, dice, cree esto literalmente y que significa que la madre de Jesús quedó encinta no de hombre ni de copulación sexual. Pero esto, dice, es la “fe de los tontos” que no pueden entender las cuestiones espirituales (aunque, como hemos notado, eso es visto en la narrativa del nacimiento ofrecida en el Nuevo Testamento en los Evangelios de Lucas y Mateo). En vez de eso, el Evangelio de Felipe continua, Jesús nació en forma física, al igual que todo humano, como un hijo con padres biológicos. La diferencia, dice el autor de este Evangelio, es que el también “nació otra vez” en el bautismo—nacimiento espiritual para convertirse en el hijo del Padre en las alturas, y la Madre Celestial, el Espíritu Santo.

Muchos otros textos descubiertos con ese evangelio hacen eco del mismo lenguaje. El Evangelio de la Verdad, también, declara que la gracia nos restaura a nuestro origen espiritual, trayéndonos a “el Padre, la Madre, y a Jesús de la dulzura infinita.” El Libro Secreto de Juan nos dice como el discípulo Juan, entristecido después de la crucifixión de Jesús, fue al desierto, lleno de dudas y temor hasta que de repente “La creación completa tembló, y yo mire… una luz no terrenal, y en la luz, tres formas.” Y mientras Juan miraba, asombrado, el escucho la voz de Jesús que salía de la luz, hablándole a él:
“Juan, Juan, ¿por qué dudas, y por qué tienes miedo?” yo estoy contigo siempre; Yo soy el Padre; Yo soy la Madre; Yo soy el hijo.”

Tan desconcertante como esto pueda parecer a simple vista, ¿a quién más deberíamos esperar con el Padre y el Hijo si no es la Divina Madre, el Espíritu Santo? Pero esta fórmula primitiva de la trinidad aparentemente refleja el termino Hebreo para espíritu, Ruah, como un ser femenino—una connotación perdida cuando el espíritu fue traducido al lenguaje del Nuevo Testamento, Griego, en el cual la palabra se vuelve neutral.

Hasta esta rápida introducción sugiere el amplio alcance de caracterizaciones y la riqueza de significados que los Cristianos primitivos asociaban con María Magdalena, muchos de los que el ensayo de este libro explora y amplifica. Desde el primer siglo y hasta nuestros tiempos a, poetas, artistas, y místicos les ha encantado celebrar a esta remarcable mujer “quien entendía todas las cosas.” Ahora bien, a través de la investigación presentada aquí, y a través de la discusión en la que nos hemos enfrascado, podemos descubrir nuevos aspectos de María Magdalena--- y, en el proceso, de nosotros mismos.

domingo, 11 de marzo de 2012

La Tradición Gnóstica y la Divina Madre



Elaine Pagels

Un grupo de fuentes gnósticas comenta haber recibido una tradición secreta, transmitida por Jesús a Santiago y María
Magdalena. Los integrantes de este grupo le rezaban al Padre y a la Madre divinos: "De Ti, Padre y por Ti, Madre, los dos nombres inmortales, Padres del ser divino, y tú, que moras en los cielos, humanidad, de nombre poderoso..."

Desde que el Génesis relató que la humanidad fue creada "macho y hembra" (1:27), algunos concluyeron que Dios, en cuya imagen fuimos hechos, debía ser también masculino y femenino –Padre y Madre al mismo tiempo.

¿Cómo caracterizan esos textos a la divina Madre? No doy con una respuesta simple, ya que los propios textos son extremadamente diversos. Pero sí podemos esbozar tres caracterizaciones primarias. En primer lugar, muchos grupos gnósticos describen a la divina Madre como parte de una pareja originaria. Valentin, el maestro y poeta, parte de la premisa de que Dios es esencialmente indescriptible pero sugiere que la divinidad puede ser imaginada como una díada; que consiste por un lado en lo Inefable, la Profundidad, el Padre Primado: y por otro, la Gracia, el Silencio, la Matriz y la "Madre de Todo". Según el razonamiento de Valentin, el Silencio es el complemento adecuado para el Padre, y designa a aquél como femenino y a éste como masculino debido al género gramatical de las respectivas palabras griegas. A continuación, describe cómo el Silencio recibe, como si fuese una Matriz, la semilla de la Fuente Inefable; y de ahí parten todas las emanaciones del divino ser, ordenadas en pares armoniosos de energías masculina y femenina.

Los seguidores de Valentino le oraban para que los protegiera en su papel de Madre y como "Silencio místico, eterno". Por ejemplo, el Mago Marcos la invoca bajo la forma de la Gracia (en griego, el término femenino Charis): "Que Ella, la que antecede a todas las cosas, la inabarcable e indescriptible Gracia os colme, aumente en vos su propio conocimiento". En su celebración secreta de la misa, Marcos enseña que el vino representa la sangre de la Madre. Al ofrecer la copa de vino, ora para que "la Gracia fluya" en todos los que beban de ella. Marcos, profeta y visionario, se llama a sí mismo "matriz y recipiente del Silencio" (como éste lo es del Padre). Informa que las visiones que ha recibido del ser divino son bajo forma femenina.

Otro escrito gnóstico llamado El Gran Anuncio y citado por Hipólito en su Refutación de todas las herejías, explica así el origen del universo: del poder del Silencio surgió "un gran poder, la Mente del Universo, que administra todo lo que existe, y es macho... la otra... una gran Inteligencia... es una hembra que produce todo lo que existe". Si seguimos el género de las palabras griegas para "mente" (nous-masculino) e "inteligencia" (epinoia-femenino), el autor explica que esos poderes, unidos, "revelan ser la dualidad... Ésta es la Mente en la Inteligencia, y pueden ser separados uno de otro y sin embargo son uno, que se expresa en estado de dualidad". Ello significa, explica el maestro gnóstico, que en todos está [el poder divino] en estado latente... Hay un poder que se divide en arriba y abajo; se genera a sí mismo, se hace crecer a sí mismo, se encuentra a sí mismo, es su propia madre, su propio padre, su propia hermana, su propio hijo –madre, padre, unidad, fuente de todo el círculo de la existencia.

¿Cómo querían estos gnósticos que se entendieran sus enseñanzas? Los distintos maestros no están de acuerdo. Algunos
insistían en que lo divino debía ser considerado andrógino –"el gran poder macho-hembra". Otros afirmaban que esos términos sólo eran metáforas, ya que "en realidad, la divinidad no es macho ni hembra". Un tercer grupo sugería que sólo se puede describir la Fuente originaria en términos masculinos o femeninos, según el aspecto que uno quisiera enfatizar. Quienes propugnaban una u otra de estas ópticas coincidían en que lo divino debe ser entendido en términos de una relación dinámica de opuestos –concepto que puede ser afín a la visión oriental de yin y yang pero que sigue siendo ajena al judaísmo y el cristianismo convencionales...

Aunque algunas fuentes gnósticas sugieren que el Espíritu constituye el elemento femenino de la Trinidad, el Evangelio de
Felipe hace una sugerencia igualmente radical acerca de la doctrina que más adelante se desarrolló bajo la forma de la inmaculada concepción. Una vez más, el Espíritu aquí es Madre y Virgen, contrapartida y consorte del Padre Celestial: "¿Está permitido revelar un misterio? El Padre de todo se unió con la virgen que descendió" –es decir, con el Espíritu Santo que descendió al mundo. Pero como este proceso debe ser entendido en forma simbólica, no literal, el Espíritu se conservó virgen. A continuación, el autor explica cómo "Adán fue engendrado por dos vírgenes, el Espíritu y la tierra virgen" así que "Cristo, por lo tanto, nació de una virgen" (es decir, del Espíritu). Pero el autor ridiculiza a los cristianos de mentalidad literal que erradamente le atribuyen la concepción virginal a María, la madre de Jesús, como si José no hubiese participado en la concepción: "No saben lo que dicen. ¿Cuándo concibió mujer de mujer?" En vez, argumenta, la inmaculada concepción se refiere a la unión misteriosa de dos poderes divinos, el Padre de Todo y el Espíritu Santo.

Además del eterno Silencio místico y del Espíritu Santo, algunos gnósticos sugieren una tercera caracterización de la divina Madre: la Sabiduría. Aquí, el término griego que significa "sabiduría", Sofía, traduce un término femenino hebreo, chokmah. Los primitivos intérpretes se preguntaron por el significado de ciertos pasajes bíblicos –por ejemplo, la afirmación en Proverbios de que "Dios hizo al mundo en la Sabiduría". ¿Es posible que la Sabiduría sea el poder femenino en que la creación de Dios fue "concebida"? Según un maestro, el doble significado de la palabra concepción –físico e intelectual– sugiere esta posibilidad: "La imagen del pensamiento [ennoia] es femenina dado que... es un poder de concepción".

sábado, 25 de febrero de 2012

Apuntes sobre el Génesis


Por: Elaine Pagels


Los intérpretes Gnósticos comparten con los hindúes y con Eckhart la misma creencia: el ser divino se oculta profundamente en el interior de la naturaleza humana y también en su exterior y, aunque con frecuencia no lo percibimos, es un potencial espiritual latente en la psique humana. Según Tolomeo, seguidor de Valentín, la historia de Adán y Eva demuestra que la humanidad «cayó» en la consciencia ordinaria y perdió contacto con su origen divino. Otro seguidor de Valentín, el autor del Evangelio de Felipe, dice que los seres humanos cometieron el error de proyectar la divinidad sobre seres externos a ellos mismos, y de este modo crearon la religión: «En el principio Dios creó a la humanidad. Pero ahora la humanidad crea a Dios. De esta manera ocurre en el mundo: los seres humanos inventan a los dioses y adoran su creación. ¡Sería más adecuado que los dioses adoraran a los seres humanos!»

Algunos Gnósticos adoptaron un modelo de interpretación similar al de Filón, pero cambiaron el contenido. En lugar de tipificar la psicodinámica humana, como había hecho Filón, desde el punto de vista de la interacción entre mente y sensación, los Gnósticos la dibujaron en términos de interacción entre alma y espíritu, es decir, entre la psique (la consciencia ordinaria, entendida como mente y sensación) y el espíritu, el potencial para una más elevada consciencia espiritual. En consecuencia, muchos Gnósticos entendían la historia de Adán y Eva como un relato de lo que acontece en el interior de una persona embarcada en el proceso del propio descubrimiento espiritual. El texto Gnóstico titulado Interpretación del alma explica, por ejemplo, cómo el alma, representada en Eva, se aliena de su naturaleza espiritual, y mientras niegue y se distancie de esta naturaleza espiritual, caerá en la autodestrucción y el sufrimiento. Pero si desea reconciliarse y reunirse con su naturaleza espiritual, de nuevo será un todo. El autor Gnóstico explica que el sentido oculto del matrimonio de Adán y Eva es este proceso de integración espiritual: «Este matrimonio los ha vuelto a unir, y el alma se ha reunido con su verdadero amor, su auténtico dueño», es decir, con su ser espiritual. Muchos otros textos Gnósticos invierten el simbolismo. La mayoría de los textos Gnósticos conocidos describen a Adán (no a Eva) como representante de la psique, porque Eva representa el principio más elevado, el ser espiritual. Los autores Gnósticos prefieren contar, con algunas variaciones, la historia de Eva como esa inaprehensible inteligencia espiritual: cómo surgió por primera vez en el interior de Adán y despertó en él, el alma, la consciencia de su naturaleza espiritual; cómo encontró resistencia, fue incomprendida, atacada y tomada por lo que no era; y por último cómo se unió a Adán «en matrimonio», por así decirlo, y de este modo llegó a vivir en armoniosa unión con el alma. Según el texto Gnóstico titulado Realidad de los gobernantes, cuando al principio Adán reconoció a Eva, no vio en ella una mera compañera matrimonial sino un poder espiritual: «Y cuando la vio, dijo "eres tú quien me ha dado la vida: serás llamada Madre de los Vivos [Eva], pues es ella mi Madre. Ella es el Médico, y la Mujer, y La que ha dado a luz"».

La Realidad de los gobernantes llega a decir que cuando el creador aconsejó a Adán que ignorase la voz de ella, éste perdió contacto con el espíritu hasta que ella se le reapareció en forma de serpiente:

Entonces el Principio Espiritual Femenino llegó [en] la Serpiente [pl.], la Instructora; y [les] enseñó diciendo, «¿Qué es lo que [os dijo]»? [pl.] ¿Fue esto: «De todos los árboles comerás [sing.]; pero del [árbol] del conocimiento del mal y del bien no comerás»?

La Mujer carnal dijo «No sólo dijo "No comáis" sino "No lo toquéis; porque el día en que comáis de él, de muerte moriréis"».

Y la Serpiente, la Instructora, dijo: «de muerte no moriréis; pues por celos os dijo eso. En cambio vuestros ojos se abrirán y seréis como dioses, conocedores del mal y del bien». Y el Principio Instructor Femenino abandonó la serpiente y dejó tras sí tan sólo una cosa de la tierra. (Hipóstasis de los Arcontes).

Un extraordinario poema Gnóstico titulado El Trueno, el Nous perfecto describe el espíritu, que se manifiesta indistintamente como Sabiduría y como Eva, de la siguiente manera:

Yo soy el principio y el fin.
Soy la honrada y la escarnecida.
Soy la puta y la santa.
Soy la esposa y la virgen.
Soy la novia y el novio,
y es mi esposo quien me engendró.
Soy conocimiento e ignorancia...
Soy necia y sabia...
Soy aquella a quien llaman vida [Eva]
y vosotros le habéis llamado Muerte ...

El Libro secreto de Juan sugiere que la experiencia de Adán despertando a la presencia de Eva prefigura la del Gnóstico que, sumido en un estado de amnesia, despierta de pronto a la presencia del espíritu oculto en las profundidades de su interior. El Libro Secreto de Juan concluye con la llamada de Eva, «la perfecta inteligencia primordial», a Adán —a la psique (y así, en verdad, a ti y a mí, los lectores)— para despertar, reconocerla y recibir de este modo la iluminación espiritual:

Y entré en medio de esta prisión, la prisión del cuerpo.
Dije: «Que quien oiga se alce de su sueño profundo».
Un durmiente lloró y derramó lágrimas amargas. Secándoselas, el durmiente dijo:
«¿Quién pronuncia mi nombre?¿Cuál es la fuente de ésta esperanza que ha venido a mí,
morando en la atadura de la prisión?».
Yo dije: «Yo soy el Pensamiento Anterior [pronoia] de la luz pura.
Yo soy el Pensamiento del Espíritu virgen... Levántate,
recuerda que has oído, y busca tu raíz:
pues yo soy compasivo ...
y ten cuidado con el sueño profundo.»

Los cristianos Gnósticos que proyectaban estas «raras invenciones» sobre el Génesis ignoraban las cuestiones de moralidad práctica o, al menos, de eso los acusaba el obispo Ireneo y a primera vista deberíamos estar de acuerdo. Pues mientras sus coetáneos cristianos trazaban preceptos morales a partir del Génesis, ciertos cristianos Gnósticos parecían estar simplemente improvisando mitos sobre la historia del paraíso. Algunos Gnósticos se atrevieron a ir más lejos: en lugar de culpar al deseo de conocimiento humano de ser la raíz de todo pecado, hicieron lo contrario y buscaron la redención a través de la Gnosis. Y mientras los ortodoxos solían culpar a Eva de la caída y señalaban la sumisión de las mujeres como merecido castigo, los Gnósticos solían describir a Eva —o al poder espiritual femenino que representaba— como la fuente del despertar espiritual.

No obstante, muchos cristianos Gnósticos se enfrentaban a las mismas apremiantes cuestiones éticas que preocupaban a sus coetáneos ortodoxos: ¿deben los cristianos evitar o aceptar el matrimonio? ¿Se ordenó a los cristianos, como a los judíos, «sed fecundos y multiplicaos»? ¿Qué tipo de relación es posible, o deseable, entre los hombres y las mujeres cristianos? Sin embargo, cuando los cristianos Gnósticos se planteaban estas preguntas las abordaban de un modo diferente al de sus coetáneos ortodoxos. En lugar de formular un conjunto de reglas comunitarias, algunos cristianos Gnósticos buscaban en cambio descubrir y articular —precisamente mediante las «raras invenciones» del mito Gnóstico— las fuentes internas del deseo y de la acción. Lo que les fascinaba era la psicodinámica o, como ellos dirían, la pneumatopsicodinámica: la interacción entre la pneuma, el elemento espiritual de nuestra naturaleza, y la psique, es, decir, los impulsos emocionales y mentales. El autor valentiniano del Evangelio de Felipe, hablando en lenguaje mítico, dice, por ejemplo, que la muerte empieza cuando «la mujer se separa... del hombre», es decir, cuando Eva (el espíritu) se separa de Adán (la psique). Sólo cuando la propia psique, o la consciencia ordinaria, se integra en la propia naturaleza espiritual —cuando Adán se reúne con Eva, «complementándose de nuevo»— se puede lograr la armonía y la plenitud internas. Según este autor valentiniano, sólo la persona que ha «vuelto a casar» la psique con el espíritu es capaz de resistirse a los impulsos físicos y emocionales que, incontrolados, podrían conducirle o conducirla hasta la autodestrucción y el mal. Ireneo estaba equivocado al sugerir que los cristianos Gnósticos ignoraban las cuestiones morales. Algunas veces los abordaban de una manera que alentaba a cada persona, fuese hombre o mujer, a explorar su propia experiencia interna, creyendo que todos pueden descubrir al espíritu en su interior. Comentando este método, Ireneo dijo con sarcasmo: «creen que por medio de sus oscuras interpretaciones, ¡cada uno de ellos ha descubierto un dios propio!». Pero a Ireneo le preocupaba sobre todo que los cristianos Gnósticos abordasen las cuestiones morales de un modo que les hacía parecer indiferentes —o, lo que es peor, insubordinados— a la ética de la comunidad que los obispos pretendían imponer por igual a todos los creyentes.

Mientras tanto, ciertos Gnósticos radicales, lejos de criticar a los obispos por ser demasiado severos, los criticaban por ser demasiado indulgentes. Uno de estos cristianos Gnósticos, el autor de Testimonio de la verdad, se puso de parte de los ascéticos y se burló tanto de los Gnósticos como de los ortodoxos que defendían el matrimonio y la procreación y adoraban al Dios que había creado estas impurezas. Este maestro radical se atrevió a relatar la historia del paraíso desde el punto de vista de la serpiente, a la que describió como una maestra de sabiduría divina que trataba desesperadamente de abrir los ojos de Adán y Eva a la verdadera —y despreciable— naturaleza de su creador: «Pues la serpiente era la más sabia de todos los animales que estaban en el paraíso... Pero el creador maldijo a la serpiente, y la llamó demonio. Y dijo: "¡He aquí que Adán se ha convertido en uno de nosotros, conocedor del mal y del bien!"».

Entonces dijo: «Ahora, pues, cuidado, no alargue su mano y tome también del árbol de la vida, y comiendo de él viva para siempre» (Génesis 3:22). ¿Quién es este Dios que llama al mal «bien» y al bien «mal»?

¿Qué clase de Dios es éste? Primero envidió que Adán comiera del árbol de la ciencia... Y luego dijo: «Adán, ¿dónde estás?» Dios no tiene presciencia, pues no lo sabía desde el principio. Y poco después dijo «Expulsémosle de este lugar no vaya a ser que coma del árbol de la vida y viva para siempre». Seguramente demostraba ser un maligno envidioso. Y ¿qué clase de Dios es éste? Grande es la ceguera de aquellos que leen y no entienden.

¿Qué dirigente de la Iglesia no habría parado los pies a un crítico que daba la vuelta al relato del Génesis y maldecía a los cristianos que se casaban o se dedicaban a asuntos corrientes por ignorantes, falsos y estúpidos? El mismo autor Gnóstico atacó a los propios mártires por «hueros mártires que sólo daban testimonio de sí mismos», y llamaba a sus dirigentes «guías ciegos», en el mejor de los casos, inmaduros, y en el peor, embusteros.

sábado, 26 de noviembre de 2011

El Pablo Domesticado - II -Final-

Por Elaine Pagels

Así, mientras el auténtico Pablo declara en su epístola a los Corintios «mi deseo sería que todos los hombres fueran como yo», célibes por su propia voluntad, el «Pablo» de 1 Timoteo ordena el matrimonio y la familia tanto a los hombres como a las mujeres.

La epístola a los Hebreos expresa una inclinación positiva hacia el matrimonio y, en especial, por el matrimonio sexualmente activo: «Tened todos por gran honor el matrimonio y el lecho conyugal sea inmaculado» (Hebreos 13:4). La epístola deuteropaulina a los Efesios llama estúpidos a los cristianos ascéticos e insiste en que «nadie aborreció jamás su propia carne; antes bien la alimenta y la cuida» (Efesios 5:29). El autor de la epístola a los Efesios llega incluso a atribuir a Pablo una visión de Adán y Eva —y, en consecuencia del propio matrimonio— como símbolo del «Gran Misterio... de Cristo y la Iglesia» (Efesios 5:32). La visión cristiana «de Pablo» acerca del matrimonio confirma —así lo pretende este autor— el tradicional modelo patriarcal de matrimonio, «porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es Cabeza de la Iglesia... Así como la Iglesia está sujeta a Cristo, así también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo» (Efesios 5:23-24). Guiándose por la frase de Pablo: «la cabeza de todo varón es Cristo, y la cabeza de la mujer, el varón» (1 Corintios 11:3), el autor de la epístola a los Efesios explica que como el hombre, igual que Cristo, es la cabeza y la mujer su cuerpo, «así deben amar los maridos a sus mujeres como a su propio cuerpo» y las mujeres, a su vez, deben someterse al mayor juicio de sus maridos, como sus «cabezas» (Efesios 5:28-33).

Al cabo de trece o quince años de la muerte de Pablo, los partidarios del Jesús ascético —y del Pablo ascético— rivalizaban con los que defendían un Jesús mucho más moderado y un Pablo mucho más conservador. Igual que los parientes de una gran familia luchando por la herencia, tanto los cristianos ascéticos como los no ascéticos presentaron su reclamación de los legados de Jesús y Pablo, insistiendo ambas partes en que sólo ellos eran los legítimos herederos.

Muchos cristianos —quizás la mayoría— preferían acomodarse a las estructuras sociales y matrimoniales ordinarias en lugar de desafiarlas. A finales del siglo II, puesto que la mayoría de las iglesias aceptaron como canónica la lista de evangelios y epístolas que ahora constituyen la colección que llamamos Nuevo Testamento, los moderados reclamaron la victoria y dominaron así a todas las iglesias cristianas futuras. Los escritores ahora venerados como padres de la Iglesia aceptaron la mansa y domesticada versión de Pablo que se encuentra en las deuteropaulinas como principal arma contra los extremistas ascéticos. Clemente de Alejandría, que escribió más de cien años después de la muerte de Pablo, menos militante y mucho más predispuesto hacia la convención social y la vida de familia que el apóstol, habla en representación de la mayoría cuando afirma que los ascéticos habían exagerado e interpretado de un modo equivocado las enseñanzas de Pablo. Clemente resolvió reconquistar para la mayoría el disputado territorio de los evangelios y las epístolas de Pablo.

Revocando los argumentos de sus oponentes punto por punto, Clemente empezó diciendo que aunque Jesús nunca se casó no pretendía que sus seguidores humanos siguieran su ejemplo, al menos en este aspecto: «La razón por la cual Jesús no se casó fue que, en primer lugar, ya estaba comprometido, por decirlo así, con la Iglesia; y, en segundo lugar, él no era un hombre común». Los cristianos con inclinaciones ascéticas habían esgrimido que las palabras de Jesús probaban su defensa del celibato: ¿por qué, si no, preguntaban, habría alabado a las mujeres cuyos «vientres no engendraron», o a los hombres que «se han hecho eunucos por amor del Reino de los Cielos»? Clemente admite que tales frases resultan enigmáticas, pero evita la polémica que suscitan negándose a tomarlas literalmente. Sostiene que Jesús no quería decir por «eunuco» lo que la mayoría de lectores suponían (un hombre célibe). En cambio, «lo que Jesús quería decir», —afirma Clemente con torpeza—, «es que un hombre casado que se haya divorciado de su esposa por su infidelidad no debe volverse a casar».

Y ¿qué hay de Pablo, que permanecía con orgullo voluntariamente célibe, o de Pedro, quien, según Lucas 18:28, abandonó su hogar para seguir a Jesús? Clemente podría argumentar que es el propio Pablo quien nos dice que Pedro, al igual que «los demás apóstoles y los hermanos del Señor», ¡viajó con su mujer a costa de la Iglesia (1 Corintios 9:5)! Entonces, en un pasaje que seguramente habría sorprendido a Pablo, Clemente sostiene que también Pablo estaba casado: «La única razón por la que no la llevó [a su esposa] consigo se debe a que habría sido un estorbo para su ministerio».

Cuando Clemente ataca las interpretaciones ascéticas del mensaje de Pablo, encuentra en las espístolas deuteropaulinas toda la munición necesaria. Por ejemplo, «a los que calumnian el matrimonio» les replica citando al antiascético Pablo de 1 Timoteo. Pero al confrontarlo con las epístolas auténticas, Clemente tiene ante sí una tarea mucho más ardua. Sin embargo, insistiendo en que el mismo hombre escribió los dos grupos de epístolas, Clemente arteramente entreteje pasajes de las epístolas auténticas y de las deuteropaulinas. De este modo, Clemente, así como la mayoría de los cristianos desde entonces, pueden decir que Pablo apoyaba tanto el matrimonio como el celibato: «En general, todas las cartas del apóstol predican el control de uno mismo y continencia, y contienen muchas instrucciones sobre el matrimonio, el engendramiento de hijos y la vida doméstica, pero en ninguna parte excluyen el matrimonio autocontrolado».

Clemente rechaza sobre todo la pretensión de que el pecado de Adán y Eva consistiera en mantener relaciones sexuales, opinión corriente entre maestros cristianos, tales como Taciano el Sirio, quien afirmaba que el fruto del árbol del conocimiento implicaba conocimiento carnal. Taciano había indicado que después de que Adán y Eva comieron del fruto prohibido, cobraron conciencia sexual: «Entonces se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos» (Génesis 3:7). Otros intérpretes están de acuerdo en que la exactitud de esta interpretación queda demostrada en Génesis 4:1, donde el verbo hebreo «conocer» (’yada) connota la relación sexual: «Conoció el hombre a Eva, su mujer, la cual concibió y dio a luz a Caín». Taciano culpó a Adán de haber inventado el matrimonio, pues creía que por este pecado Dios expulsó a Adán y a su compañera del paraíso. En cambio, el ilustre asceta Julio Casiano culpó a Satán, y no a Adán, de inventar las relaciones sexuales. Según Casiano, Satán «copió esta práctica de los animales irracionales y persuadió a Adán de que se uniese sexualmente a Eva». Pero Clemente denuncia semejantes ideas. Cree que la relación sexual no era pecaminosa, sino una parte de la creación original —y «buena»— de Dios: «La naturaleza les guió [a Adán y a Eva], como a los animales salvajes, a procrear; y —Clemente bien podía haber añadido— cuando digo naturaleza, quiero decir Dios». Clemente sostiene que los que procrean no pecan, sino que «cooperan con Dios en su obra creadora». Así, Clemente confirma la tradicional convicción judía, expresada en las epístolas deuteropaulinas, de que la procreación legítima es una buena obra, bendecida por Dios desde el día de la creación humana.

Si las relaciones sexuales no eran el pecado de Adán y Eva, ¿cuál fue esta primera y fatal transgresión? Algunos padres de la Iglesia como Clemente e Ireneo insisten en que el primer pecado fue desobedecer la orden de Dios. Pero incluso Clemente y su coetáneo el obispo Ireneo de Lyon, aunque deseaban eximir al deseo sexual de la culpa primordial de la caída admitían que «la primera desobediencia del hombre» y la caída adoptaban forma sexual. Clemente explica cuidadosamente que la desobediencia de Adán y Eva no entrañaba qué habían hecho sino cómo lo habían hecho. Clemente imagina la escena de Adán y Eva como adolescentes impacientes, precipitándose en una unión sexual antes de recibir la bendición de su Padre. Ireneo explica que Adán y Eva eran, de hecho, menores de edad: «Pues habiendo sido creados poco tiempo antes, no tenían conocimiento de la procreación de hijos. Fue necesario que primero llegaran a la edad adulta y entonces se "multiplicaran" a partir de ese momento». Clemente culpa a Adán, «que deseó el fruto del matrimonio antes del tiempo apropiado y cayó así en pecado... fueron impelidos a hacerlo más rápido de lo que era conveniente porque todavía eran jóvenes y habían sido seducidos con engaños». Ireneo añade que la culpable respuesta de Adán demuestra su absoluta conciencia de que el deseo sexual le había incitado a pecar, pues se cubrió y cubrió a Eva con rugosas hojas de higuera, «cuando habían algunas otras hojas que hubieran irritado su cuerpo mucho menos». De este modo Adán castigó los mismos órganos que le habían llevado a pecar.

Las actitudes que Clemente e Ireneo ayudaron a configurar más de cien años después de la muerte de Pablo establecen la norma de comportamiento cristiano durante siglos, en realidad durante casi dos mil años. Lo que prevalecerá en la tradición cristiana no serán sólo las estrictas afirmaciones atribuidas a Jesús y los estímulos al celibato que Pablo ordena a los creyentes en 1 Corintios, sino las versiones de estas austeras enseñanzas modificadas para adaptarse a los propósitos de las iglesias en los siglos I y II. Clemente y sus colegas establecieron también un duradero modelo doble que respaldaba el matrimonio, aunque concibiéndolo siempre como lo mejor después del celibato. Clemente y sus compañeros cristianos elaboraron complejos argumentos, extraídos básicamente de la Biblia hebrea y de las epístolas deuteropaulinas, con el fin de demostrar que el matrimonio para los cristianos, así como para los judíos, es un hecho positivo que supone «cooperación con la obra creadora de Dios». Sin embargo, Clemente sólo pudo honrar este principio, retrocediendo al consenso general que había impugnado a Jesús. Clemente, influido sin duda por los filósofos estoicos, que coincidían con él en lo esencial, insistió en que el matrimonio encuentra su único propósito legítimo —y la relación sexual su única razón de ser— en la procreación. Así, incluso Clemente, el más liberal de los padres de la Iglesia y uno de los que con más vehemencia defiende la bendición de Dios al matrimonio y a la procreación, manifiesta una profunda ambivalencia hacia la sexualidad, una ambivalencia que ha repercutido en la historia cristiana durante dos milenios.

jueves, 24 de noviembre de 2011

El Pablo Domesticado - I

Por Elaine Pagels

Los relatos populares sobre los apóstoles describen de manera gráfica cómo algunos de los primeros predicadores cristianos, al tratar de persuadir a los hombres y a las mujeres de «redimir el pecado de Adán y Eva» eligiendo el celibato, alteraron el orden tradicional de la familia, la aldea y la ciudad, alentando a los creyentes a que rechazasen la vida ordinaria de familia por amor a Cristo.

Pero muchos otros cristianos protestaron enérgicamente. Afirmaban que semejante ascetismo radical no era el principal sentido del evangelio de Jesús, y simplemente ignoraron las implicaciones más radicales de las enseñanzas de Jesús y Pablo. Un cristiano anónimo que vivió una generación después de Pablo escribió a un amigo pagano que lejos de rechazar el matrimonio y la procreación, «los cristianos se casan, como todo el mundo; engendran niños; pero no destruyen fetos». Su coetáneo, el maestro cristiano Bernabé, un converso del judaísmo, considera que los cristianos que siguen la «vía de la luz» actúan como los judíos piadosos, absteniéndose sólo de las prácticas sexuales que faltan al matrimonio o frustran el cumplimiento de la procreación legítima. Clemente de Alejandría, un liberal, urbano y sofisticado maestro cristiano que vivió en Egipto más de cien años antes que Pablo (c. 180 d.C), denunció a los célibes y a los mendigos: «Quienes dicen estar "imitando al Señor" que nunca se casó, ni tuvo bienes en el mundo, y quienes se jactan de conocer el evangelio mejor que nadie». Para Clemente, estos extremistas son arrogantes, estúpidos y están equivocados.

Pero ¿cómo podían cristianos como Bernabé o Clemente, que pretendían un mensaje más moderado, enfrentarse a ciertas frases muy conocidas de Jesús, como por ejemplo su categórico rechazo del divorcio o su declaración de que «si alguno viene a mí y no aborrece a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas, y aun a su propia vida, no puede ser mi discípulo» (Lucas 14:26). El impacto de tales frases debió haber limitado el movimiento cristiano a sólo los más fervientes conversos. Sin embargo, en las dos generaciones posteriores a la muerte de Jesús, algunos de sus seguidores se atrevieron a cambiar las palabras de afirmaciones tan extremas e insertaron frases que las modificaban. El autor del evangelio de Mateo, por ejemplo, al encontrar la prohibición de divorcio demasiado severa, añadió una frase que tolera con claridad el divorcio en el caso de infidelidad de la esposa: «por inmoralidad», una excepción crucial que sitúa a Jesús junto al maestro Shammai. De este modo, y según Mateo, Jesús dice: «Quien repudie a su mujer —no por fornicación— y se case con otra, comete adulterio» (Mateo 19:9). Y Mateo dulcifica lo que, según Lucas, Jesús había dicho acerca de odiar a la propia familia. Mateo rehace la declaración de modo que Jesús dice «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (Mateo 10:37).

El autor del evangelio de Mateo no sólo cambia algunas palabras e inserta frases, sino que llega a yuxtaponer deliberadamente a las frases más radicales de Jesús otras más moderadas sobre el mismo tema. Por ejemplo, según Mateo, Jesús concluye su sonoro rechazo del divorcio («lo que Dios unió no lo separe el hombre») con otra frase que tolera el divorcio («quien repudie a su mujer —no por fornicación— y se case con otra, comete adulterio») (Mateo 19:9). Sólo unos cuantos versículos después, Mateo yuxtapone la promesa de Jesús de grandes recompensas a «todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre» (Mateo 19:29), con la reafirmación de Jesús del mandamiento tradicional «honra a tu padre y a tu madre» (Mateo 19:19). Así, Mateo, obviamente consciente de tales discrepancias, y quizás molesto por ellas, distingue implícitamente dos tipos de afirmaciones, y también dos niveles de discípulos. Mateo da la impresión al lector de que el mensaje de Jesús y el movimiento cristiano que inspiró no necesitan plantear exigencias extremas a todos los creyentes, sino sólo a los héroes espirituales voluntarios, aquellos que desean seguir el mandamiento de Jesús: «vosotros, pues, sed perfectos» (Mateo 5:48). Pero los seguidores de Jesús que deseen quedarse en casa con sus esposas e hijos y continuar manteniendo a sus ancianos padres, según Mateo, pueden continuar entregados a la vida de familia y seguir ocupando su lugar en la comunidad cristiana.

Ciertos seguidores de Pablo, que pretendían hacer el mensaje de éste igual de accesible, al encontrar algunas declaraciones de su primera epístola a los Corintios, por ejemplo, demasiado extremas, decidieron que no podía querer decir lo que allí decía, y ni mucho menos lo que los fervientes cristianos ascéticos entendían que significaba. Así, algunos de los seguidores de Pablo redactaron en nombre del propio Pablo epístolas que ellos mismos idearon para corregir lo que consideraban peligrosas interpretaciones erróneas de las enseñanzas de Pablo. Una generación o dos más tarde, algunos de estos admiradores anónimos de Pablo falsificaron epístolas, aderezándolas con detalles personales de la vida de Pablo y saludos a sus amigos, con la esperanza de que parecieran auténticas. Mucha gente —entonces y ahora— han supuesto que estas cartas son verdaderas, y cinco de ellas fueron incorporadas al Nuevo Testamento como «epístolas de Pablo». Incluso hoy, los eruditos discuten cuáles son auténticas y cuáles no. Sin embargo, muchos estudiosos afirman que Pablo escribió en realidad sólo ocho de las trece epístolas «paulinas» incluidas ahora en la colección del Nuevo Testamento: a los Romanos, 1 y 2 a los Corintios, a los Gálatas, a los Filipenses, 1 a los Tesalonicenses y a Filemón. Casi todos los eruditos coinciden en que Pablo no escribió 1 y 2 a Timoteo ni a Tito —epístolas escritas en un estilo distinto al de Pablo y que reflejan situaciones y puntos de vista muy diferentes a los de las otras epístolas. El debate continúa sobre la autoría de las epístolas a los Efesios, a los Colosenses y la 2 a los Tesalonicenses, pero la mayoría de los eruditos incluyen también éstas entre las epístolas «deuteropaulinas», literalmente, de un segundo Pablo.

Aunque las epístolas deuteropaulinas son muy distintas unas de otras, todas coinciden en los asuntos prácticos. Todas rechazan las ideas de Pablo más radicalmente ascéticas para presentar en su lugar a un «Pablo domesticado», una versión de Pablo que, lejos de instar a sus compañeros cristianos al celibato, confirma sólo una versión más estricta de las actitudes judías tradicionales hacia el matrimonio y la familia. Al igual que Mateo yuxtapone a las enseñanzas más radicales de Jesús versiones modificadas de ellas, así la colección del Nuevo Testamento yuxtapone las auténticas epístolas de Pablo a las deuteropaulinas, ofreciendo una versión de Pablo que ablanda al predicador radical hasta convertirlo en un santo patrón de la vida doméstica.

El autor anónimo de 1 Timoteo, por ejemplo, hace que «Pablo» ataque por diabólicos a los «embaucadores... que prohíben el matrimonio y el uso de alimentos que Dios creó» (1 Timoteo 4:1-3), dirigiéndose presumiblemente a los predicadores del ascetismo, que describen a Pablo como uno de ellos, o mejor dicho, como a su modelo. Denunciando las caracterizaciones de Pablo que aparecen en obras tales como los Hechos de Pablo y Tecla, el autor de 2 Timoteo casi se pone de parte de la madre de Tecla, aconsejando a la gente que evite aquellos que «se introducen en las casas y conquistan a mujerzuelas cargadas de pecados y agitadas por toda clase de pasiones, que siempre están aprendiendo y no son capaces de llegar al pleno conocimiento de la verdad» (2 Timoteo 3:6-7.)

El Pablo conservador de Timoteo contradice abiertamente el consejo que Pablo da en 1 Corintios, donde insta a las vírgenes y a las viudas a permanecer solteras. Según 1 Timoteo, Pablo, preocupado porque la presencia de mujeres solteras entre los cristianos pudiera levantar sospechas y murmuraciones escandalosas, declara «Quiero pues que las jóvenes se casen, que tengan hijos y que gobiernen la propia casa y no den al adversario ningún motivo de hablar mal» (1 Timoteo 5:14). Desechando la disciplina ascética como meros «ejercicios corporales» (1 Timoteo 4:8), poco provechosa para ejercitar la piedad, este «Pablo» advierte a sus lectores de que «rechaza, en cambio, las fábulas profanas y los cuentos de viejas» (1 Timoteo 4:7).

Como Dennis MacDonald ha demostrado de modo convincente, el autor de 1 Timoteo está denunciando, con toda probabilidad, historias semejantes a las de Tecla y Migdonia, que circulaban desde hacía generaciones, quizás sobre todo entre las narradoras. Desafiando a aquellos que como la propia Tecla pretendían que las mujeres tenían derecho a enseñar y a bautizar, el autor de 1 Timoteo recuerda el pecado de Eva y los mandamientos que las mujeres deben aprender:
en silencio, con toda sumisión. No permito que la mujer enseñe ni que domine al hombre. Que se mantenga en silencio. Porque Adán fue formado primero y Eva en segundo lugar. Y el engañado no fue Adán, sino la mujer que, seducida, incurrió en la transgresión. Con todo, se salvará por su maternidad mientras persevere con modestia en la fe, en la caridad y en la santidad. (1 Timoteo 2:11-15.)
Entendida de este modo —como todavía la entienden la mayoría de las iglesias cristianas—, la historia de Eva prueba a un mismo tiempo la natural debilidad y credulidad de las mujeres, y define su papel actual. Castigadas por los que recuerdan el pecado de Eva, privadas de toda autoridad, las mujeres deben someterse en silencio a sus maridos, y agradecer que también ellas puedan salvarse, demostrando su adhesión a los roles domésticos tradicionales. El «Pablo» de 1 Timoteo llega incluso a juzgar las habilidades de liderazgo de los hombres sobre la base de sus roles domésticos como patriarcas de la familia: «Es, pues, necesario que el epíscopo sea irreprensible, casado una sola vez... que gobierne bien su propia casa y mantenga sumisos a sus hijos con toda dignidad; pues si alguno no es capaz de gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la Iglesia de Dios?». (1 Timoteo 3:2-5).