jueves, 17 de octubre de 2013

Acerca de la Vida después de la Muerte - IV - FINAL

Carl G. Jung

Me parece probable que también en el otro mundo existan ciertas delimitaciones; que las almas de los muertos sólo descubrirán progresivamente dónde se encuentran los límites del estado liberatorio. En alguna parte existe «allí» un Debe condicionante de mundo que quiere poner fin al estado del otro mundo. Este Debe creador decidirá —así lo imagino— qué almas se sumergirán nueva mente en el nacimiento. Podría imaginarme que ciertas almas encuentran el estado de existencia tridimensional más dichoso que el de la «eterna». Pues quizás ello depende de hasta qué punto han trascendido la perfección o imperfección de su existencia humana.

Es posible que una continuación de la vida tridimensional no tuviera ya sentido cuando el alma ha alcanzado cierto grado de inteligencia; que no hubiera de regresar y la inteligencia elevada impidiera el deseo de reencarnación. Entonces las almas del mundo tridimensional se desvanecerían y conseguirían un estado que los budistas designan como nirvana. Sin embargo, si resta todavía un karma por ultimar el alma, vuelve a caer en el deseo y se entrega de nuevo a la vida, quizás por la creencia de que existe algo por completar.

En mi caso, hay que imaginar, debe haber sido un impulso apasionado el que ha originado mi nacimiento. Pues él es el elemento más destacado de mi naturaleza. Este insaciable instinto de comprensión ha creado, por así decirlo, una conciencia para reconocer lo que es y lo que sucede y para descubrir más allá de ello míticas representaciones a partir de las escasas indicaciones de lo irreconocible.

No está en absoluto a nuestro alcance el poder demostrar que se conserve de nosotros algo eternamente. Como máximo, podemos decir que existe una cierta probabilidad de que algo de nuestra psique continúe viviendo después de la muerte física. Si lo que ahora continúa existiendo es consciente en sí mismo, tampoco lo sabemos. Si existe una necesidad de formarse una opinión sobre esta cuestión, podría quizás sacarse a colación los fenómenos de desdoblamiento psíquico que se han realizado. En la mayoría de casos en que se manifiesta un complejo de desdoblamiento ello sucede en la forma de una personalidad, como si el complejo tuviera una conciencia de sí mismo. Por ello, por ejemplo, las voces de los enajenados se personifican. El fenómeno del complejo personificado lo he tratado ya en mi disertación doctoral. Se le podría guiar, si se quiere, en beneficio de una continuidad de la conciencia. A favor de tal hipótesis hablan también las observaciones sorprendentes que se han realizado en profundos desmayos después de agudas lesiones cerebrales y en graves estados de colapso. En ambos casos, de la más acusada pérdida de conciencia pueden tener lugar percepciones del mundo externo, así como experiencias oníricas. Dado que la corteza cerebral es la sede de la conciencia, descartada la influencia del desmayo, tales experiencias resultan actualmente todavía inexplicables. Quizás expresan una conservación subjetiva mínima de la capacidad consciente —incluso en los estados de una aparente carencia de conciencia.

El problema de la relación entre el «hombre intemporal», la persona y el hombre terrenal en el espacio y el tiempo plantea cuestiones de lo más difíciles. Dos sueños me aclararon esto.

En un sueño que tuve en octubre de 1958 vi desde mi casa dos discos de forma lenticular y de brillo metálico, que pasaron velozmente, describiendo un estrecho arco, por encima de la casa en dirección al lago. Eran dos OVNIS. Luego pasó otro cuerpo que volaba directamente hacia mí. Era un lente circular, como el objetivo de un telescopio. A una distancia de unos cuatrocientos o quinientos metros se detuvo un instante y luego volvió a volar. Inmediatamente después llegó otro cuerpo volando por el aire: un objetivo con apliques metálicos, adaptado a una caja: una linterna mágica. A unos sesenta o setenta metros de distancia se detuvo en el aire y se dirigió directamente hacia mí. Me desperté con la sensación de extrañeza. El sueño me rondaba todavía en la cabeza. Nosotros creemos siempre que los OVNIS son proyecciones nuestras. Pero ahora parecía que nosotros éramos sus proyecciones. Yo era proyectado por la linterna mágica como C. G. Jung. ¿Pero quién manipulaba el aparato?

Soñé una vez sobre el problema de la relación entre la persona y el Yo. En aquel sueño me encontraba en una excursión. Por un pequeño camino atravesé un paisaje accidentado, el sol brillaba y yo divisaba un amplio panorama. Entonces llegué a una pequeña ermita. La puerta estaba abierta y entré. Ante mi asombro, en el altar no se encontraba ninguna imagen de la madre de Dios ni ningún crucifijo, sino sólo un adorno de hermosas flores. Pero luego vi que, ante el altar, en el suelo, vuelto hacia mí, estaba un yogui sentado meditando profundamente. Al contemplarle de cerca vi que tenía mi rostro. Me desperté asustado pensando: ¡Ah!, éste es el que me medita. Ha tenido un sueño que soy yo. Sabía que cuando él despertara yo ya no existiría más.

Este sueño lo tuve después de la enfermedad de 1944. Representa una comparación: mi persona se sume en la meditación, por así decirlo como un yogui y medita mi forma terrena. Se podría decir también: adopta forma humana para lograr una existencia tridimensional, como cuando alguien se pone un traje de buzo para realizar una inmersión en el mar. La persona se entrega a aquella existencia en el más allá en una actitud religiosa que indica la capilla en el sueño. En la forma terrena pueden realizarse las experiencias del mundo tridimensional y perfeccionarse mediante mayor conciencia en un fragmento más.

La figura del yogui representaría en cierto aspecto mi totalidad prenatal inconsciente y el lejano oriente, tal como sucede con frecuencia en los sueños, algo que nos es ajeno, un estado psíquico contrapuesto a la conciencia. Al igual que la linterna mágica, «proyecta» también la meditación del yogui mi realidad empírica. Generalmente, sin embargo, consideramos esta relación causal a la inversa: descubrimos en los productos del inconsciente símbolos del mándala, es decir, figuras circulares y cuadrangulares, que expresan totalidad; y cuando expresamos totalidad utilizamos tales figuras. Nuestra base es la conciencia de un yo, un campo de luz centrado en el Yo que representa nuestro mundo. A partir de aquí contemplamos un mundo tenebroso, enigmático y no sabemos hasta qué punto sus huellas tenebrosas están causadas por nuestra conciencia o hasta qué punto poseen realidad. Un análisis superficial se da por satisfecho con la aceptación de la conciencia como causante. Sin embargo, un análisis más exacto muestra que generalmente las imágenes del inconsciente no son motivadas por la conciencia, sino que poseen su propia realidad y espontaneidad. Sin embargo, las consideramos simplemente como una especie de fenómeno marginal.

La tendencia de ambos sueños apunta a la relación de la conciencia del Yo y el Inconsciente considerada a la inversa, es decir, a representar el inconsciente como generador de la persona empírica. Esta inversión indica que, según la «opinión de la otra parte», nuestra existencia inconsciente es la verdadera y nuestro mundo consciente una ilusión o una aparente realidad, producida con fines determinados, algo así como un sueño que parece tener tanta realidad como si nos encontrásemos en ella. Está claro que este planteo tiene mucha semejanza con la concepción del mundo oriental, en cuanto éste cree en el Maja.

La totalidad inconsciente me parece por ello como el propio spiritus rector de todo suceso biológico y psíquico. Aspira a realización total, es decir, a devenir completamente consciente en el hombre. Devenir consciente es cultura en el sentido más amplio y autoconocimiento, es decir, esencia y alma de este proceso. El oriente atribuye a la persona un significado «divino», y según la antigua concepción cristiana es el autoconocimiento el camino de la cognitio Dei.

La cuestión decisiva para los hombres es: ¿guarda relación con lo infinito o no? Esto es el criterio de la vida. Sólo si yo sé que la falta de límites es lo esencial, no presto interés a cuestiones vanas y a cosas que no tienen un significado decisivo. Si no lo sé, insisto en perseguir tal o cual propiedad que percibo como posesión personal, algo que rige el mundo. Así es, pues, quizás a causa de «mi» inteligencia o «mi» belleza. Cuanto más insiste el hombre en la falsa posesión y cuanto menos capta lo esencial, tanto más insatisfactoria es su vida. Se siente limitado porque tiene objetivos limitados y esto crea envidia y celos. Cuando se comprende y siente que se está unido, ya en esta vida, al infinito, cambian los deseos y actitudes. En última instancia, uno se rige sólo por lo esencial, y si no se posee esto se ha malgastado la vida. También en la relación con los demás hombres es decisivo si en ello se expresa lo infinito o no.

El sentimiento de lo infinito sólo lo alcanzo, sin embargo, cuando estoy limitado al máximo. La mayor limitación del hombre es la persona; se manifiesta en la vivencia «¡yo no soy más que esto!». Sólo la conciencia de mi estrecha limitación en la persona me une a la infinitud del inconsciente. En esta conciencia me siento a la vez limitado y eterno, como el Uno y el Otro. Al saberme único en mi combinación personal, es decir, limitado, tengo la posibilidad de tomar conciencia también de lo infinito. Pero sólo así.

En una época que está orientada á tout prix a ensanchar el espacio vital, así como al incremento del saber racional, representa uno de los mayores estímulos llegar a tomar conciencia de su peculiaridad y limitación. Sin ello no se da percepción alguna de lo ilimitado —y tampoco ningún devenir consciente— sino meramente una identidad con lo mismo que se exterioriza en la embriaguez por las grandes cifras y por el poderío político.

Nuestra época ha insistido a toda costa en desplazar al hombre terrenal y ha contribuido a endemoniar al hombre y su mundo. El fenómeno de los dictadores y toda la miseria que ha causado es debido a que se ha despojado al hombre de su tendencia al más allá por la estrechez de miras de los «omnisapientes». De este modo se ha sacrificado también al inconsciente. La tarea del hombre debería consistir precisamente en lo contrario, en llegar a adquirir conciencia de lo que le impulsa desde lo inconsciente, en lugar de permanecer inconsciente o idéntico a ello. En ambos casos crearía conciencia desleal a su destino. En lo que no es posible alcanzar, el único sentido de la existencia humana consiste en encender una luz en las tinieblas del mero ser. Incluso hay que suponer que, al igual que lo inconsciente actúa en nosotros, también el incremento de nuestra conciencia influye en el inconsciente.

FIN


martes, 15 de octubre de 2013

Acerca de la Vida después de la Muerte - III

Carl G. Jung

Ciertamente la muerte es una terrible brutalidad —no hay que dejarse engañar acerca de esto— no sólo como acontecimiento físico, sino mucho más aún como psíquico: un hombre es destrozado y lo que permanece es el glacial silencio de la muerte. Ya no existe más esperanza de relación alguna, pues todos los accesos se han roto. Hombres a los que se desearía una larga vida desaparecen a mitad de su vida y hombres inútiles alcanzan una avanzada edad. Esto es una cruel realidad que no debe paliarse. La brutalidad y arbitrariedad de la muerte puede amargar a los hombres hasta el punto de que concluyan que no existe Dios misericordioso alguno, ni justicia ni bondad.

Sin embargo, bajo otro punto de vista, la muerte aparece como un suceso alegre. Sub specie aeternitatis es una boda, un Misterium Coniunctionis. El alma alcanza, por así decirlo, la mitad que le falta, alcanza su plenitud. En los sarcófagos griegos se representaba el elemento alegre por medio de bailarinas, en las tumbas etruscas por medio de banquetes. Cuando murió el piadoso cabalista Rabbi Simón Ben Jochai, sus amigos dijeron que celebraba bodas. Todavía hoy existe cierta costumbre en algunos lugares de celebrar en el día de los difuntos un picnic en los cementerios. Todo esto expresa la sensación de que la muerte es en realidad una fiesta alegre.

Ya un par de meses antes de la muerte de mi madre, en septiembre de 1922, tuve un sueño que se refería a esto. Se trataba de mi padre y me impresionó mucho. Desde su muerte, es decir, desde 1896, no había soñado más con él. Ahora aparecía nuevamente en un sueño, como si regresara de un largo viaje. Parecía rejuvenecido y no paternalmente autoritario. Fui con él a mi biblioteca y me alegré enormemente de saber cómo le había ido. Especialmente me alegré de presentarle a mi mujer y mis hijos, de mostrarle mi casa y explicarle todo cuanto había hecho en este tiempo y lo que había llegado a ser. Quería informarle también del libro de los tipos, que había escrito de joven. Pero vi inmediatamente que todo esto no era posible, pues mi padre parecía preocupado. Evidentemente quería algo de mí. Me di cuenta claramente de ello y yo mismo me contuve. Entonces me dijo que deseaba consultarme, puesto que yo era psicólogo, y concretamente acerca de psicología matrimonial. Me dispuse a darle una larga explicación acerca de las complicaciones del matrimonio y entonces me desperté. No podía comprender bien el sueño, pues no se me ocurría qué relación podía tener con la muerte de mi madre. Esto sólo lo vi claro cuando ella murió repentinamente en enero de 1923.

El matrimonio de mis padres no fue un convenio feliz, sino una prueba de paciencia lastrada por muchas dificultades. Ambos cometieron los errores típicos de muchos matrimonios. Por mi sueño hubiera podido prever la muerte de mi madre: después de una ausencia de veintiséis años se presentaba mi padre en el sueño en casa del psicólogo en busca de ideas y conocimientos acerca de los problemas matrimoniales, pues había llegado el tiempo para él de volver a plantearse el problema. En su estado intemporal no había adquirido mejores opiniones y debía por ello dirigirse a los vivientes, que bajo circunstancias distintas podían haber obtenido algunos nuevos puntos de vista.

Así habla el sueño. Indudablemente, hubiera podido conseguir todavía mucho más penetrando en su sentido subjetivo. ¿Pero por qué le soñé precisamente a él antes de la muerte de mi madre, de la que no tenía idea alguna? Se ajusta claramente a mi padre, con quien me unía una simpatía que se acrecentó con los años. Dado que el inconsciente tiene mejores fuentes de información a causa de su espacio-tiempo-relatividad que la conciencia, la cual sólo dispone de las percepciones sensoriales, somos instruidos en relación con nuestro mito de la vida después de la muerte, acerca de los escasos datos del sueño y de manifestaciones espontáneas semejantes del inconsciente. Naturalmente, tal como hemos dicho, no se puede atribuir a estas indicaciones el valor de conocimientos o de pruebas. Pero pueden, sin embargo, servir como fundamento adecuado a las amplificaciones míticas; constituyen para el entendimiento investigador aquella zona de posibilidades que resultan imprescindibles para su actividad. Si falta el mundo intermedio de la fantasía mítica, el espíritu está amenazado por la rigidez del doctrinalismo. Pero, a la inversa, la consideración de los principios míticos comporta también un peligro para los espíritus débiles y sugestionables: el peligro de tomar los presentimientos por conocimientos y de hipostasiar las fantasmagorías.

Las ideas y concepciones acerca de la reencarnación constituyen un mito muy difundido acerca del otro mundo. En un país en que la cultura espiritual es muy diferenciada y mucho más antigua que la nuestra, a saber, en la India, la idea de la reencarnación pasa por algo evidente, al igual que entre nosotros la idea de que Dios ha creado el mundo, o de que existe un spiritus rector. El indio culto sabe que nosotros no pensamos como él, pero esto no le inquieta. De acuerdo con la idiosincrasia espiritual del ser oriental, las consecuencias del nacimiento y de la muerte se consideran un acontecer infinito, como una rueda eterna, que sin objetivo sigue girando constantemente. Se vive, se conoce y se muere y se vuelve a empezar desde el principio. Sólo en Buda se manifiesta la idea de un objetivo, concretamente la superación del ser terrenal.

La necesidad mítica del hombre occidental requiere una imagen evolutiva del mundo con principio y fin. Rechaza tanto un fin que sólo tenga principio como la concepción de una rotación estática, eternamente encerrada en sí misma. El hombre oriental, por el contrario, parece poder tolerar la última idea. No existe ciertamente ningún consensus general respecto a la esencia del mundo, al igual que tampoco han podido hasta hoy ponerse de acuerdo los astrónomos en esta cuestión. Al hombre occidental le resulta insoportable la absurdidad de un mundo meramente estático, debe presuponer su sentido. El hombre oriental no necesita esta hipótesis, sino que la personifica. Mientras aquél quiere dar el último toque al sentido del mundo, éste se esfuerza en la realización del sentido en el hombre y aparta de sí el mundo y la existencia (Buda).

Yo daría la razón a ambos. El hombre occidental parece ser predominantemente extravertido, el oriental predominantemente introvertido. El primero proyecta el sentido y lo sospecha en los objetos; el último lo siente en sí mismo. Pero el sentido está tanto en el exterior como en el interior.

La idea del karma no debe separarse de la idea del renacer. La cuestión decisiva es si el karma es personal a un hombre o no. Si la determinación del destino, con la que un hombre entra en la vida, representa el resultado de acciones y realizaciones de la vida pasada, existe entonces una continuidad personal. En otro caso, se concibe un karma en cierto modo como un nacimiento, de suerte que se encarna nuevamente sin que subsista una continuidad personal.

Por dos veces Buda fue interrogado por sus discípulos si el karma del hombre era personal o impersonal. Ambas veces eludió la cuestión y no penetró en ella; no contribuye nada a librarse de la ilusión del ser. Buda consideró más útil que sus discípulos meditaran acerca de la cadena Nidâna, concretamente sobre el nacimiento, la vida, la vejez y la muerte, sobre la causa y efecto de los apasionantes acontecimientos. 

No conozco respuesta alguna a la cuestión de si el karma, que yo vivo, es el resultado de mi vida pasada o es quizás el patrimonio de mis antepasados, cuya herencia coincide en mí. ¿Soy una combinación de vida de los antepasados y encarno nuevamente su vida? ¿He vivido anteriormente como personalidad determinada y llegué en aquella vida tan lejos que puedo ahora intentar una solución? No lo sé. Buda dejó en pie la pregunta y quisiera suponer que no lo supo con certeza.

Podría imaginarme muy bien que viví en siglos anteriores y me vi acuciado entonces por cuestiones a las que no podía responder todavía; que debía volver a nacer porque no había cumplido la tarea encomendada. Cuando muera —así me lo imagino—, mis hechos me seguirán. Aportaré lo que haya hecho.

Sin embargo, se trata de que al término de mi vida no esté con las manos vacías. Esto también parece haberlo pensado Buda, cuando intentaba apartar a sus discípulos de especulaciones inútiles. Es la razón de ser de mi existencia el que la vida me plantee una cuestión. O a la inversa: yo mismo soy una cuestión que va dirigida al mundo, y debo aportar mi respuesta o de lo contrario me encuentro meramente referido a la respuesta del mundo. Ésta es la tarea suprapersonal de la vida, que sólo con esfuerzo realizo. Quizá representa algo que ya preocupó a mis antepasados, pero que no pudieron responder. ¿Influye quizás en mí el hecho de que el desenlace del Fausto no encierre solución alguna? ¿O se trata del problema contra el cual se estrelló Nietzsche: la vivencia dionisíaca a la que parece escapar el hombre cristiano? ¿O es el inquieto Wotan-Hermes de mis antepasados alemanes y francos, quien me plantea cuestiones acuciantes? ¿O es justa la sospecha de Richard Wilhelm de que en mi vida anterior fui un chino rebelde, que, a modo de castigo, debe descubrir su alma oriental en Europa?

Lo que yo siento como resultado de la vida de mis antepasados o como karma adquirido en la vida anterior personal, podría quizás ser igualmente un arquetipo impersonal que actualmente angustia a todo el mundo y me ha conmovido especialmente, como, por ejemplo, la evolución secular de la Tríada divina y su confrontación con el príncipe femenino, o la respuesta, siempre esperada, a la cuestión gnóstica del origen del mal, en otras palabras, la imperfección de la imagen cristiana de Dios.

Pienso también en la posibilidad de que mediante un esfuerzo individual surja en el mundo una cuestión cuya respuesta se reclame. Por ejemplo, mis preguntas y respuestas podrían ser poco satisfactorias. Bajo tales circunstancias, alguien que tuviera mi karma, es decir, quizás yo mismo, debería volver a nacer para dar una respuesta más completa. Por ello puedo imaginarme que mientras yo no vuelva a nacer, el mundo no necesita una respuesta y que dispondré de algunos centenares de años de calma hasta que nuevamente se necesite alguien que se interese por tales cuestiones, y yo pueda volver a ocuparme de esta tarea con renovado esfuerzo. Tengo la idea  de que puede iniciarse ahora cierta tranquilidad hasta que el Pensum actual esté elaborado.

La cuestión del karma me resulta oscura, como también el problema del renacer personal o de la transmigración de las almas. Liberta et vacua mente, escucho con atención la creencia india en el renacer y paso revista a mi mundo de experiencias por si en algún aspecto o en alguna cosa encuentro algo que con razón pueda indicar la reencarnación. Prescindo naturalmente de los testimonios relativamente numerosos entre nosotros sobre la creencia en la reencarnación. Una creencia no me demuestra, naturalmente, más que un fenómeno de la creencia, pero no en absoluto el contenido creído. Éste debe revelárseme en sí mismo empíricamente para poder aceptarlo. Hasta hace pocos años no me ha sido posible, pese a la atención que prestaba a estas cuestiones, descubrir nada convincente en este sentido. Pero hace poco he observado una serie de sueños que me describían en proceso de reencarnación en una personalidad muerta que me era conocida. Ciertos aspectos hacen referencia a la realidad empírica, incluso con probabilidad no del todo descartada. Sin embargo, nunca pude volver a observar algo parecido, de modo que no disponía de comparación alguna. Puesto que mi observación es única y subjetiva, es mi intención exponer su existencia, pero no sus contenidos. Debo reconocer, sin embargo, que debido a esta experiencia considero el problema de la reencarnación con otros ojos, sin estar, sin embargo, en situación de poder defender una opinión concreta al respecto.

Si aceptamos que «allí» prosigue la vida, no podemos imaginarnos otra existencia que la psíquica; pues la vida de la psique no necesita espacio ni tiempo. La existencia psíquica, particularmente las imágenes internas de las que actualmente nos ocupamos, proporcionan la materia para todas las especulaciones míticas acerca de una existencia en el otro mundo, y ésta me la imagino como un progresor en el mundo de las imágenes. Así, la psique podría ser aquella existencia en la que se encuentra el «otro mundo» o «el país de los muertos». El inconsciente y el «país de los muertos» son en ese sentido sinónimos.

Desde el punto de vista psicológico, la «vida en el otro mundo» parece como una continuación inmediata a la vida psíquica de la vejez. Al ir avanzando la edad, la contemplación, la reflexión y las imágenes internas adquieren generalmente un papel cada vez más preponderante. «Tus ancianos tendrán sueños.» Esto presupone que las almas de los ancianos no se anquilosan o petrifican: sero medicina paratur cum mala per longas convaluere moras. En la vejez, el hombre comienza a rememorar los recuerdos y a reconocerse en las imágenes internas o externas del pasado. Esto constituye una introducción o preparación a una existencia en el otro mundo, tal como, según la concepción de Platón, la filosofía constituye una preparación a la muerte.

Las imágenes internas impiden que me pierda en mi mirada retrospectiva. Hay muchos hombres ancianos que quedan presos en el recuerdo de acontecimientos externos. Quedan presos en ellos, mientras que el pasado, cuando se refleja y traduce en imágenes, significa un «reculer pour mieux sauter». Yo intento ver la línea que me ha introducido en el mundo a través de la vida y que me lleva más allá del mundo.

En general las representaciones que se hacen los hombres acerca del otro mundo están determinadas por sus deseos y sus prejuicios. En la mayoría de casos sólo se vinculan al otro mundo representaciones iluminadas. Pero esto no me aclara nada. Puedo igualmente imaginarme que después de la muerte habitaremos en una bonita pradera florida. Si en el otro mundo todo fuera bello y hermoso, debería existir una comunicación amistosa entre nosotros y los espíritus puros y bienaventurados, y del estado de prenacimiento podrían derivarse consecuencias bellas y hermosas. Sin embargo, no es así. ¿Por qué esta insalvable separación entre los hombres y los difuntos? Por lo menos la mitad de las informaciones sobre encuentros con los espíritus de los muertos hablan de experiencias angustiosas con espíritus tenebrosos y es normal que el país de los muertos comporte un silencio helado de indiferencia ante el dolor de la soledad.

Si tengo en cuenta lo que en mí me habla del otro mundo, el mundo actual me parece mucho más unitario que el «otro mundo», en el que falta por completo la naturaleza antagónica. También allí hay «naturaleza» que a su modo es Dios. El mundo al que vamos después de morir será espléndido y terrible, tal como la divinidad y la naturaleza conocida por nosotros. Tampoco puedo imaginarme que dejen de existir las desgracias. Concretamente esto era lo que experimenté en mis visiones de 1944, la liberación de la carga del cuerpo y la percepción del sentido, profundamente satisfactoria. Sin embargo, también había allí oscuridad y una extraña ausencia de calor humano.

¡Piensen en las rocas negras a las que llegué! Eran oscuras y del granito más duro. ¿Qué significa esto? Si no existiera la imperfección, un defecto original en la base de la creación, ¿cómo se explicaría el impulso creador, el anhelo por satisfacerlo? ¿Por qué les interesa a los dioses el hombre y la creación? En la prosecución de la cadena Nidána hasta el infinito. ¿De dónde si no recibió Buda su dolorosa ilusión de la existencia, su quid non y el hombre cristiano espera un pronto fin del mundo?

domingo, 13 de octubre de 2013

Acerca de la Vida después de la Muerte - II


C. G. Jung

No fueron sólo mis propios sueños, sino también a veces los de otros, los que me formaron en la creencia sobre una vida posterior a la muerte, me la hicieron revisar o me la confirmaron. Fue de especial significado para mí el sueño que tuvo una muchacha de dieciséis años, dos meses antes de su muerte: llegaba al otro mundo. Allí había un aula en la que estaban sentadas, en los primeros bancos, sus amigas muertas. Reinaba expectación general. Buscó con la mirada el maestro o encargado de la clase, pero no halló a nadie. Se le indicó que ella misma era la encargada, pues todos los muertos inmediatamente después de morir debían entregar un informe sobre todas sus experiencias de la vida. Los muertos se interesaban sobremanera por las experiencias aportadas por los fallecidos y si los sucesos decisivos eran hechos o evoluciones en la vida terrena.

En todo caso, el sueño despertaba una desacostumbrada atención que difícilmente se hallaría en la tierra. Nos interesamos apasionadamente por el resultado final psicológico de una vida humana, que en ningún caso —según nuestra postura— es digno de atención, al igual que la conclusión que de ello pueda extraerse. Sin embargo, si el «público» se encontraba en un No-tiempo relativo, en el que «transcurso», «acontecimientos», «desarrollo» se han convertido en conceptos cuestionables, casi siempre podía sentir interés justamente por lo que en su estado le faltaba.

En la época de este año, la difunta tenía miedo de su muerte y quería apartar cuanto antes esta posibilidad de su conciencia. Sin embargo es uno de los «intereses» más importantes de los hombres que envejecen el llegar a comprender esta posibilidad. Se les presenta, por así decirlo, una cuestión ineludible a la que deben responder. A este fin debería poseer un mito de la muerte, pues la «razón» no le muestra más que la oscura fosa a la que se dirige. El mito, en cambio, podría presentarles otra imagen útil e ilustrativa de la vida en el país de los muertos. Si el hombre cree en ellos, o les concede siquiera algo de crédito, tiene tanta razón como le falta, igual que aquel que no cree en ellos. Mientras que el que los niega se enfrenta con la nada, el que se obliga al arquetipo sigue las huellas de la vida hasta la muerte. Ambos están en la incertidumbre, uno en contra de sus instintos, el otro de acuerdo con ellos, lo cual significa una considerable diferencia y ventaja a favor de este último.

También las figuras del inconsciente son «informales» y necesitan del hombre, o del contacto con la conciencia para llegar a ser «saber». Cuando comencé a ocuparme del inconsciente, las figuras de Elías y Salomé desempeñaron un importante papel. Luego se situaron en segundo plano, aunque volvieron a reaparecer al cabo de unos dos años aproximadamente. Para mi mayor asombro, no habían cambiado en absoluto; hablaban y se comportaban como si entretanto no hubiera sucedido nada en absoluto. Y sin embargo en mi vida habían ocurrido más hechos trascendentes. Hube de comenzar desde el principio, por así decirlo, y exponérselo y explicárselo todo. Esto me asombró mucho entonces. Más tarde comprendí lo que había sucedido: ambos, durante aquel intermedio habían permanecido en el inconsciente y en sí mismos; se podría también decir: inmersos en la intemporalidad. Siguieron sin contacto con el Yo y sus circunstancias cambiantes y por ello «ignoraban» lo que había sucedido en el mundo de la conciencia.

Ya muy pronto tuve la experiencia de que yo debía informar a las figuras del inconsciente, o a los francamente inseparables de él, los «espíritus de los descarriados». La primera vez lo experimenté en una excursión en bicicleta por Italia que realicé en 1911 con un amigo. En nuestro regreso llegamos desde Pavía a Arona, a la parte baja del lago Mayor y pernoctamos allí. Teníamos la intención de recorrer el lago y luego, a través de Tesino seguir hasta Faido. Allí queríamos tomar el tren hasta Zurich. Pero en Arona tuve un sueño que echó por tierra nuestros planes.

En el sueño me encontré en una reunión de ilustres espíritus de los primeros siglos y tuve una sensación semejante a la que luego experimenté frente a los «presentimientos sublimes» en mi visión de 1944 y que se encuentran en la piedra negra. La conversación tenía lugar en latín. Un señor con una larga peluca me habló y me planteó una difícil pregunta de cuyo contenido no logré acordarme al despertar. Le comprendí, pero no dominaba suficientemente el idioma para responderle en latín. Esto me avergonzó profundamente, hasta el punto de que la emoción me despertó. Ya en el instante mismo de despertarme recordé el trabajo que entonces realizaba, Wandlungen und Symbole der Libido y tuve tal sentimiento de inferioridad por la pregunta no contestada que tomé inmediatamente el tren hacia casa para dedicarme a este trabajo. Me hubiera resultado imposible proseguir la excursión en bicicleta y sacrificar a ella todavía tres días. Debía trabajar para hallar la respuesta. Sólo posteriormente comprendí el sueño y mi reacción: el señor de la peluca era una especie de «espíritu o antepasado muerto» que me había planteado su pregunta ¡y yo no supe dar respuesta! Entonces era todavía demasiado pronto, hasta aquí aún no había llegado; pero tuve una vaga sospecha de que a través del trabajo en mi libro respondería a la pregunta. Me había sido planteada en cierto modo por mis antecesores espirituales con la esperanza de que entonces oirían lo que en su época no pudieron experimentar; debía situarse en los siglos siguientes. Si la pregunta y su respuesta hubieran existido en la eternidad desde siempre, no hubiera habido necesidad de esfuerzo y lo hubieran podido descubrir en cualquier otro siglo.

Parece existir en la naturaleza un saber ilimitado que sólo puede ser captado por la conciencia bajo circunstancias de tiempo favorables. Sucede, probablemente, como en el alma del individuo: tiene durante muchos años un presentimiento en sí, pero sólo lo conoce verdaderamente en cierto momento posterior.

Cuando posteriormente escribí los Septem Sermones ad Mortuos fueron nuevamente los muertos los que me plantearon preguntas decisivas. Regresaban —así se dice— de Jerusalén, porque allí no hallaron lo que buscaban. Esto me extraño mucho entonces; pues, según opinión tradicional, son precisamente los muertos los que tienen el mayor saber. Se cree que saben mucho más que nosotros, porque el dogma cristiano admite que «en la gloria» miraremos la verdad «a la cara». Sin embargo, posiblemente las almas de los muertos no «saben» sino lo que sabían en el momento de su muerte y nada más. De ahí sus esfuerzos por penetrar en la vida para participar en el saber de los hombres. Frecuentemente tengo la sensación de que nos rondan  y esperan saber la respuesta que les daremos de los vivientes, es decir, de aquellos que les sobreviven y viven en un mundo continuamente cambiante y recibir respuestas a sus preguntas. Los muertos preguntan como si no dispusieran de la sabiduría total o de la conciencia absoluta, como si tan sólo pudieran penetrar en el alma corporal de los vivientes. El espíritu de los vivientes parece tener por lo menos una ventaja respecto al de los muertos, concretamente la capacidad de lograr conocimientos claros y decisivos. El mundo tridimensional en el tiempo y en el espacio me parece como un sistema de coordenadas: se separa en ordenadas y abscisas lo que «allí», en la intemporalidad e inespacialidad, puede mostrarse quizás como una prefiguración con muchas facetas, quizás como una difusa nube de conocimientos acerca de un arquetipo. Se requiere, sin embargo, un sistema de coordenadas para posibilitar la diferenciación de diversos contenidos. Una operación de esta naturaleza nos parece inconcebible en el estado de omnisciencia difusa o en el de una conciencia sin sujeto y sin localización espacio-tiempo. El conocimiento presupone, como la procreación, una oposición, un aquí y allí, un arriba y abajo, un antes y un después.

Si existe una existencia consciente después de la muerte, debe transcurrir, me parece, en el sentido de la conciencia de la humanidad que tiene siempre una delimitación superior, pero movible. Hay muchos hombres  que en el instante de su muerte no sólo se quedan por debajo de sus propias posibilidades, sino principalmente detrás de lo que ha sido comprendido por otros hombres de su época. De ahí su penetración a alcanzar en la muerte la parte consciente que no consiguieron en vida. He llegado a esta opinión por la observación de sueños sobre muertos. Así, por ejemplo, soñé una vez que visitaba a un amigo que había muerto unos catorce días antes. En su vida no había tenido más que ideología convencional, y permaneció en esta postura irreflexiva. Su vivienda se hallaba en una colina, semejante a la colina de Tülling, junto a Basilea. Allí había un viejo castillo, cuyas murallas rodeaban una plaza con una pequeña iglesia y algunos pequeños edificios. Me recordaba la plaza del castillo de Rapperswil. Era en otoño. Las hojas de los viejos árboles tenían un color dorado y tibios rayos de sol iluminaban el cuadro. Allí estaba sentado frente a una mesa mi amigo con su hija, que había estudiado psicología en Zúrich. Yo sabía que ella le explicaba algunas nociones de psicología. Él estaba tan fascinado por lo que ella le decía que me saludó sólo con un ligero movimiento de mano, como si quisiera hacerme comprender: «¡No me molestes!» El saludo era a la vez una negación. El sueño me decía que ahora él debía realizar la realidad de su existencia psíquica, de un modo y manera naturalmente ignorados por mí; debía hacer lo que nunca había sido capaz de hacer en vida. Posteriormente, al recordar el sueño, me vinieron a la mente las palabras: «Santos anacoretas esparcidos por las montañas...» Los anacoretas en la escena final de la segunda parte de Fausto son como una representación de los diversos grados de evolución que se complementan y elevan recíprocamente.

Otra experiencia sobre la evolución del alma después de la muerte la tuve cuando —aproximadamente un año después de la muerte de mi esposa— me desperté de pronto una noche y supe que había estado en su casa, al sur de Francia, en la Provenza y había pasado todo el día con ella. Ella realizaba allí estudios sobre el Santo Grial. Esto me pareció significativo, pues ella había muerto sin haber terminado el trabajo sobre este tema.

La explicación al nivel subjetivo —mi ánima no había terminado todavía el trabajo emprendido por ella— no me dice nada, pues sé que aún no lo he terminado; en cambio, la idea de que mi mujer después de muerta trabajaba todavía en su ulterior evolución espiritual, lo que siempre es dable imaginar, me pareció razonable, y por ello el sueño fue algo tranquilizador para mí. Representaciones de este tipo son naturalmente incorrectas y dan una imagen insuficiente, como un cuerpo proyectado en una superficie o como, a la inversa, la construcción de una figura tetradimensional a partir de un cuerpo. Parten de la definición de un mundo tridimensional, para tratar de explicárselo a ellos mismos, al igual que las matemáticas no escatiman esfuerzos para crear una expresión de relaciones que superen todo empirismo, también es propio de una fantasía disciplinada proyectar imágenes de lo inapreciable según principios lógicos y basándose en datos empíricos, como, por ejemplo, lo manifestado en los sueños. El método empleado para ello es el de «expresión necesaria», como le he llamado. Representa el principio de la amplificación en el significado de los sueños, pero puede fácilmente demostrarse enunciando todos los números sencillos.

El uno es como primer numeral, una unidad. Pero es también «la unidad», el uno, el Uno-todo, el único él sin dos, no un numeral sino una idea filosófica, o un arquetipo y atributo de Dios, el monos. Es correcto que el entendimiento humano haga tales declaraciones, pero se encuentra determinado y vinculado por la representación del Uno y sus implicaciones. No se trata, en otras palabras, de manifestaciones arbitrarias, sino que se encuentran determinadas por la naturaleza del Uno y son por ello necesarias.

La misma operación lógica podría realizarse teóricamente en todas las demás representaciones numéricas, pero pronto llega su fin a causa de la creciente cantidad de complicaciones que se hace interminable. Cada unidad posterior aporta nuevas propiedades y modificaciones. Así, por ejemplo, es una propiedad del número cuatro el que puedan solucionarse todavía las ecuaciones de cuarto grado, pero no, en cambio, las de quinto grado. Es, pues, una «expresión necesaria» del número cuatro que constituye el punto culminante y a la vez el fin de un aumento precedente. Así, con las unidades posteriores se plantea una o varias nuevas propiedades de naturaleza matemática, que complican hasta tal punto la expresión que no pueden ya ser formuladas.

La serie infinita de los números corresponde al número infinito de criaturas individuales. Se compone igualmente de individuos, y ya las  propiedades de sus diez miembros iniciales representan —si es que algo representan— una cosmogonía abstracta del monos. Pero las propiedades de los números son a la vez propiedades de la materia, por ello ciertas ecuaciones son capaces de predecir el comportamiento de la materia. Por ello, quisiera atribuir también a otras expresiones matemáticas de nuestro entendimiento la posibilidad de señalar realidades de tipo inaprensible. Me refiero, por ejemplo, a las creaciones de la fantasía que disfrutan del consensus omnium o que por la gran fantasía de sus apariciones son excelentes, y a los motivos arquetípicos. Hay ecuaciones matemáticas de las que se ignoran a qué realidad física corresponden; igualmente existen realidades míticas y en principio no sabemos a qué realidad psíquica se refieren. Así, por ejemplo, se han planteado ecuaciones que determinan la turbulencia de los gases al calentarlos, antes de que ello se hubiera investigado exactamente; desde hace mucho tiempo existen mitologemas que expresan el transcurso de ciertos procesos decrecientes que sólo actualmente podemos reconocer como tales.

El grado de conciencia que se alcanza constituye, me parece, el límite superior en conocimiento al cual también los muertos pueden llegar. Es por ello que la vida terrena tiene tanta importancia y es tan decisivo lo que un hombre «transmite» en el momento de la muerte. Sólo aquí, en la vida terrena, donde los extremos se tocan, puede elevarse la conciencia general. Esto parece ser la misión metafísica del hombre, que sin embargo sólo puede cumplir parcialmente sin mythologein. El mito es el grado de transición inevitable e imprescindible entre el inconsciente y el conocimiento consciente. Se afirma que el inconsciente sabe más que la conciencia, pero es un saber de tipo esencial, un saber en la eternidad, casi siempre sin relación al Aquí y Ahora, al margen de nuestro lenguaje racional. Sólo cuando le damos oportunidad de expresarse, amplificarse, tal como se mostró anteriormente con el ejemplo de los números, penetra en el reino de nuestro entendimiento y se nos hace perceptible un nuevo aspecto. Este proceso se repite de modo convincente en cada análisis de un sueño que realizamos. Por ello es tan importante no tener opiniones preestablecidas doctrinariamente sobre la expresión de los sueños. Tan pronto como se presenta una «monotonía del significado» se sabe que la interpretación se ha vuelto doctrinaria y por ello infructuosa.

Aunque no sea posible aportar una prueba válida sobre la vida del alma después de la muerte, existen, sin embargo, vivencias que dan que pensar. Yo las defino como signos, sin pretender ser lo suficiente osado para atribuirles el significado de conocimientos.

Una vez estaba despierto por la noche y pensaba en la repentina muerte de un amigo que había sido enterrado el día anterior. Su muerte me preocupaba mucho. De pronto tuve la sensación de que estaba en mi habitación. Me parecía como si estuviera a los pies de la cama y me pidiera que fuera con él. No tuve la sensación de una aparición, sino que se trataba de una imagen de él visual interna, que me la expliqué como una fantasía. Hube de preguntarme: ¿Tengo alguna prueba acerca de que se trata de una fantasía? Si no fuera una fantasía, mi amigo estaría aquí realmente y, en cambio, si yo le creía una fantasía, ¿no sería esto una insolencia? Sin embargo, tampoco disponía de prueba alguna de que se tratara de una aparición, es decir, de que estuviera «verdaderamente» ante mí. Entonces me dije: ¡Fuera demostraciones! En lugar de explicármelo como una fantasía podía con igual derecho aceptarlo como aparición y siquiera concederle realidad. En el instante en que pensé esto él se fue hacia la puerta y me hizo señas de seguirle. Debía, por así decirlo, cooperar. ¡Pero esto no estaba previsto! Por lo tanto, hube de repetir mi argumentación. Sólo después de ello le seguí en mi fantasía.

Me condujo fuera de la casa, al jardín, a la calle y finalmente a su casa. (En la realidad su casa estaba a una distancia de unos cien metros de la mía.) Entré y me condujo a su despacho. Se subió a un taburete y señaló el segundo de los cinco libros encuadernados en rojo que estaban en el segundo estante superior. Luego la visión desapareció. Yo no conocía su biblioteca y no sabía qué libros poseía. Además, desde abajo no había podido ver el título del libro que me señalaba.

El caso me pareció tan extraño que, a la mañana siguiente, fui a ver a la viuda de mi amigo y le pregunté si me permitía echar una ojeada a la biblioteca del difunto. Realmente bajo la estantería vista en sueños había un taburete y vi desde abajo los cinco libros encuadernados en rojo. Subí al taburete para poder leer el título. Eran traducciones de las novelas de Emile Zola; el título del segundo volumen decía: El legado de los muertos. El contenido me pareció intrascendente, pero el título guardaba una relación sumamente importante con mi vivencia.

Tuve otra vivencia, que me dio que pensar, la tuve ante la muerte de mi madre. Cuando murió, yo me encontraba en Tesino. Quedé sobrecogido por la noticia, pues su muerte llegó inesperadamente. La noche anterior a su muerte tuve un sueño terrible: me hallaba en un bosque espeso, tenebroso. Había enormes bloques de roca entre imponentes árboles, propios de la selva virgen. Era un paisaje heroico, primitivo. De repente oí un silbido estridente que parecía resonar a través del universo. Las rodillas me temblaban de espanto. Entonces se oyó un ruido en un matorral y saltó un enorme lobo con terribles fauces. Su visión me heló la sangre en las venas. Pasó ante mí como una flecha y yo supe que el cazador salvaje le había ordenado que capturase un hombre. Me desperté con espanto de muerte y al día siguiente recibí la noticia de la muerte de mi madre.

Raramente me ha impresionado tanto un sueño de este tipo, pues, considerado superficialmente, parecía significar que el demonio fue en busca de mi madre. En realidad, sin embargo, el cazador salvaje era el «cazador de los bosques» que aquella noche, en los días ventosos de enero, cazaba con sus lobos. Era Wotan, el dios de los antepasados alemanes, quien «reunía» a mi madre con sus antepasados. Sólo por los misioneros cristianos Wotan se convirtió en el diablo. En sí mismo es un dios importante —un Mercurio o Hermes, como supieron muy bien los romanos; un espíritu de la naturaleza que surgió nuevamente en la leyenda del Grial en Merlin y, como Spiritus Mercurialis, se convirtió en el arcano buscado por los alquimistas. Así, el sueño decía que el alma de mi madre había sido acogida en aquella gran relación del Mismo, a la otra parte del mundo cristiano moral, es decir, al conflicto antagónico que abarca a la totalidad de la naturaleza y el espíritu.

Marché inmediatamente a casa y cuando de noche estaba sentado en el tren experimenté una sensación de gran tristeza, pero en el interior de mi corazón no podía sentirme triste y concretamente por una extraña razón: durante todo el viaje oí continuamente música de baile, risas y charlas alegres, como si se celebraran unas bodas. Esta vivencia se encontraba en crasa oposición a la terrible impresión del sueño. Aquí se oía alegre música, risas gozosas y me resultaba imposible abandonarme a la tristeza. Constantemente la tristeza quería embargarme, pero de nuevo me sentía entre alegres melodías. Era un sentimiento de calor y alegría por una parte y espanto y tristeza, por otra, un incesante cambio de contrastes afectivos.

La oposición se explica porque la muerte en parte se representa por el punto de vista del Yo y en parte por el del alma. En el primer caso parece una catástrofe, es decir, como si poderes despiadados y malos hubieran exterminado a un hombre.

sábado, 12 de octubre de 2013

Acerca de la Vida después de la Muerte - I


C.G. Jung

Lo que voy a explicarle a ustedes del más allá y sobre la vida después de la muerte, todo son recuerdos. Son imágenes e ideas que yo he vivido y que me han inquietado. En cierto aspecto forman la base de mis obras, pues éstas en el fondo no son sino renovados intentos de dar respuesta a la interdependencia entre «este mundo» y «el otro mundo». Nunca he escrito expresis verbis sobre una vida después de la muerte, pues en tal caso hubiera tenido que justificar mis ideas y esto no se puede hacer. Ahora las expreso simplemente.

Sin embargo, no puedo hacer más que exponer historias sobre el particular —mythologein. Quizás es necesaria la proximidad de la muerte para alcanzar la libertad necesaria para ello. Yo no deseo ni dejo de desear que tengamos una vida después de la muerte y tampoco es mi intención fomentar ideas de tal carácter; pero debo hacer constar, para dejar que hable la realidad, que, sin quererlo yo, ni desearlo, me invaden ideas de este tipo. Yo no sé si son verdaderas o falsas, pero sé que existen y que pueden manifestarse, a no ser que yo las reprima en virtud de ciertos prejuicios. Pero cierta prevención traba y daña el fenómeno total de la vida psíquica, que conozco muy poco para poder corregir por medio de un conocimiento mejor.

Recientemente la razón crítica ha hecho desaparecer, junto con muchas otras concepciones míticas, la idea de la vida postmortal. Esto resultó posible porque actualmente los hombres casi siempre se identifican exclusivamente con su conciencia y se imaginan ser únicamente lo que de sí mismos saben. Todo el que tenga una idea de psicología puede darse cuenta de lo restringido que es este saber. Racionalismo y doctrinarismo son las enfermedades de nuestra época; ellas pretenden saberlo todo. Pero se descubrirán muchas cosas que hoy definimos como imposibles a causa de nuestro limitado punto de vista. Nuestros conceptos de espacio y tiempo tienen una validez sólo aproximativa y dejan abierto un amplio campo de discordancias y absolutas.

Teniendo en cuenta tales posibilidades presto atención a los extraordinarios mitos del alma y observo los sucesos que me ocurren, indiferente a si concuerdan con mis premisas teóricas o no.

Desgraciadamente el aspecto mítico del hombre se manifiesta en la actualidad muy esporádicamente. El hombre actual ya no es capaz de crear fábulas. Por ello se le escapan muchas cosas, pues es importante y saludable hablar también de las cosas inaccesibles. Esto es como una bella historia de espectros, que se cuenta cuando se está sentado ante el fuego de la chimenea, fumando una pipa.

Lo que significan «en realidad» los mitos o historias de una vida después de la muerte, o qué clase de realidad está detrás de ellos, ciertamente no lo sabemos. No podemos decidir si todavía poseen alguna validez por encima de su valor de proyecciones antropomorfas. Más bien debemos comprender que no existe posibilidad alguna de conseguir certeza acerca de cosas que sobrepasan a nuestro entendimiento.

Nosotros no podemos imaginarnos en absoluto otro mundo en circunstancias totalmente distintas, ya que vivimos en un mundo determinado a través del cual nuestro espíritu y nuestras condiciones psíquicas son conformadas y configuradas. Estamos estrechamente limitados por nuestra constitución innata y por ello estamos vinculados a este mundo nuestro con nuestro ser y existencia. El hombre mítico pretende, sin embargo, un «traspasar los límites», pero el hombre científicamente responsable no puede admitirlo. Para el entendimiento, el mythologein es una especulación estéril, sin embargo, para el espíritu significa una saludable actividad vital; presta a la existencia un brillo que no se quisiera perder. No existe, además, motivo suficiente alguno que justifique su pérdida.

La parapsicología descubre una prueba científicamente válida para la vida que sigue después de la muerte en el hecho de que un muerto se manifiesta —sea como fantasma, sea por intermedio de una médium— y comunica cosas que son conocidas exclusivamente por él. Aun cuando existen casos perfectamente dignos de crédito, queda en pie la cuestión de si el fantasma o la voz se identifican con el muerto o son una proyección psíquica, y si la declaración procede realmente del muerto o quizás se origina en el saber existente en el inconsciente. Pese a todas las consideraciones razonables, que hablan en contra de la certeza en estas cuestiones, no hay que olvidar una cosa: significa mucho para la mayoría de hombres el aceptar que su vida tiene una indeterminada continuidad más allá de la actual existencia. Entonces viven más juiciosamente, les va mejor y se sienten más tranquilos. ¡Se tienen siglos, se tiene todo un tiempo inimaginable para derrochar! ¿Por qué entonces esta absurda precipitación? Naturalmente, esto no es válido para todos. Existen hombres que no experimentan necesidad alguna de inmortalidad, y para los que resulta horrible pensar que deben permanecer sentados diez mil años sobre una nube y ¡tocar el arpa! También hay, y no pocos, quienes la vida les ha tratado tan mal o que sienten tal aversión a la propia existencia, que les resulta mucho más sugestivo el fin absoluto que continuar viviendo. Pero en la mayoría de los casos es tan apremiante la cuestión de la inmortalidad, tan inmediata y también tan inextinguible que hay que arriesgarse a formarse alguna opinión acerca de ello. ¿Pero cómo es posible esto?

Mi hipótesis es que somos capaces de ello con ayuda de los datos que el inconsciente nos envía, por ejemplo, en los sueños. En la mayoría de casos nos negamos a tomar en serio las indicaciones del inconsciente porque estamos convencidos de la incontestabilidad de tal cuestión. A este razonable escepticismo opongo yo las siguientes consideraciones: cuando no podemos llegar a saber algo, deberíamos plantearlo como un problema intelectual. Yo no sé por qué razón ha surgido el universo, ni llegaré a saberlo. Así, pues, debo plantear esta cuestión como un problema científico o intelectual. Pero si se me ofrece una idea acerca de ello —por ejemplo, a través de sueños o transferencias— debo tenerla en cuenta. Debo incluso arriesgarme a formarme una idea de ello, aunque siempre siga siendo una hipótesis y sepa que no podré demostrarla.
El hombre debe poder acreditar que ha hecho lo posible para formarse una idea acerca de la vida después de la muerte, o hacerse una imagen —aunque sea a costa de reconocer su impotencia. Quien no lo hace ha perdido algo. Pues lo que se le plantea interrogativamente es patrimonio antiquísimo de la humanidad, un arquetipo, rico en vida misteriosa, que desea sumarse al nuestro para completarse. La razón nos pone límites demasiado estrechos y nos exige vivir exclusivamente lo conocido —e incluso esto con limitaciones— en un lugar conocido, ¡como si se conociera la auténtica dimensión de la vida! En realidad trascendemos día a día más allá de las delimitaciones de nuestra conciencia; sin nuestro conocimiento lo inconsciente vive en nosotros. Cuanto más prevalece la razón crítica, más pobre deviene la vida; pero cuanto más inconsciente, cuantos más mitos podamos llegar a comprender, tanta más vida es integrada. La razón sobreestimada tiene de común con el estado absoluto lo siguiente: bajo su dominio se empobrece el individuo.

Lo inconsciente nos ofrece una posibilidad al transmitirnos algo o aportarnos datos significativos. Afortunadamente es capaz de comunicarnos cosas que nosotros no podemos saber por lógica alguna. ¡Piensen ustedes en los fenómenos sincrónicos, en los sueños premonitorios y en los presentimientos!

Una vez regresaba de Bollingen a casa. Era en la época de la segunda guerra mundial. Llevaba un libro conmigo, pero no podía leer, pues en el instante en que el tren se puso en movimiento se me presentó la imagen de una persona ahogándose. Era el recuerdo de una desgracia ocurrida durante el servicio militar. En todo el viaje no pude librarme de esta imagen. Esto me inquietó y pensé: ¿Qué ha sucedido? ¿Ha sucedido alguna desgracia? En Erlenbach me apeé y fui hacia casa preocupado todavía por este recuerdo. En el jardín correteaban los niños de mi segunda hija. Vivía con su familia con nosotros, después de que, a causa de la guerra, tuvieron que regresar de París a Suiza. Todos me miraron con extrañeza y yo pregunté: «¿Qué ha pasado?» Me contaron que Adrián, entonces el hijo menor, había caído al agua en el embarcadero y como no sabía nadar, por poco se ahoga. El hermano mayor le había salvado. Esto tuvo lugar exactamente en el momento en que yo en el tren fui invadido por mis recuerdos. Así, pues, mi inconsciente me había dado una advertencia. ¿Por qué, pues, no puede también darme información sobre otras cosas?

Algo parecido experimenté ante un caso de defunción de un familiar de mi mujer. Entonces soñé que la cama de mi mujer era una profunda fosa con muros tapiados. Era una tumba y recordaba algo antiguo. Entonces oí un profundo suspiro, como cuando alguien expira. Una figura que se parecía a mi mujer se incorporó en la tumba y surcó los aires. Llevaba una túnica blanca en que había bordados extraños signos negros. Me desperté, desperté a mi mujer y miré la hora. Eran las tres de la mañana. El sueño había sido tan extraño que pensé inmediatamente en que pudiera anunciar una defunción. ¡A las siete llegó la noticia de que una prima de mi mujer había muerto a las tres de la mañana!

Con frecuencia no se trata sólo de una advertencia, sino también de una previsión. Así, tuve una vez un sueño en el cual me encontraba yo en un garden party. Divisé a mi hermana, lo que me extrañó mucho, pues había muerto hacía ya varios años. También estaba presente un amigo mío que había muerto. Los demás eran conocidos que vivían todavía. Mi hermana se encontraba en compañía de una dama muy conocida mía y ya en el sueño concluí que esta última se encontraba evidentemente amenazada de muerte. «Ya está marcada», pensé. En el sueño sabía quién era la dama y que vivía en Basilea. Apenas me desperté no pude recordar, pese a mis esfuerzos, de quién se trataba, a pesar de que en el sueño la veía aún. Repasé mentalmente a todos mis conocidos de Basilea y presté atención por si descubría quién era. ¡Nada!

Una semana más tarde recibí la noticia de la defunción de una amiga. Lo supe inmediatamente: era a ella a quien había visto yo en sueños y no había logrado recordar. Poseía un recuerdo vivo de muchas de sus peculiaridades, pues había sido durante mucho tiempo mi paciente, hasta el año anterior a su muerte. Sin embargo, cuando había intentado recordar todos mis conocidos de Basilea no caí en ella, pese a que con toda probabilidad hubiera debido ser una de las primeras que recordase.

Cuando se tienen experiencias de este tipo se toma un cierto respeto por las posibilidades y aptitudes del inconsciente. Sin embargo hay que ser siempre crítico y saber que tales «comunicaciones» pueden tener siempre un sentido subjetivo. Pueden coincidir con la realidad o no. Pero he experimentado que las concepciones que pude obtener con motivo de tales indicaciones del inconsciente han arrojado luz y comprensión en el terreno de los presentimientos. Naturalmente no escribiré ningún libro sobre revelaciones, sino que reconoceré que tengo un «mito» que me interesa y que me induce a plantear cuestiones. Los mitos son las formas más primitivas de la ciencia. Cuando hablo de lo que sucede después de la muerte, hablo con agitación interna y no puedo hacer sino contar sueños y mitos.

Naturalmente puede objetarse previamente que mitos y sueños acerca de la continuidad de la vida después de la muerte no son sino fantasías compensatorias, que residen en nuestra naturaleza: toda vida quiere eternidad. Contra ello no tengo más argumento que los mismos mitos. Por encima de ellos existen indicaciones de que por lo menos una parte de la psique no se encuentra sometida a las leyes del espacio y del tiempo. La prueba científica acerca de ello la aportaron los conocidos experimentos de Rhine. Junto a incontables casos de presentimientos espontáneos, las percepciones fuera del espacio y otros casos de este tipo, de las cuales ya les he contado algunos ejemplos de mi vida, demuestran que la psique en ocasiones funciona más allá de la ley de la causalidad espacio-tiempo. De ello se desprende que nuestras concepciones de espacio y tiempo, y con ello la causalidad, son imperfectas. Una imagen del mundo perfecta debería, por así decirlo, ser ampliada con otra dimensión; sólo entonces podría aclararse unitariamente la totalidad de los fenómenos. Por ello los racionalistas insisten todavía hoy en que no existen experiencias parapsicológicas, pues con ello se derrumba su ideología. Si tales fenómenos se presentan en general, la imagen del mundo racionalista queda invadida, porque es imperfecta. Entonces se plantea la posibilidad de una realidad de otro tipo para urgentes problemas existentes tras los fenómenos, y debemos aceptar que nuestro mundo con espacio, tiempo y causalidad se refiere a otro orden de cosas, inferior o posterior en el cual no son esenciales los del «aquí y allí», ni los «antes y después». No veo ninguna posibilidad de discutir el que por lo menos una parte de nuestra existencia psíquica se caracteriza por una relatividad de espacio y tiempo. Al darse un reciente distanciamiento de la conciencia parece ascender a una absoluta carencia de espacio y tiempo.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Las Zapatillas del Doctor Jung


Traducción: +Thelarbus

Publicado en el Boletín asociativo No. 1 de 17 de febrero de 2006.
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Este episodio cuenta los datos recogidos por un amigo cercano de Marie-Louise, el Sr. Etter.

Había una vez una joven de 18 años, pequeña y delgada, que vestía su metro sesenta de cualquier forma, la coquetería no preocupaba mucho a Marie-Louise; pues tenía muchas otras preocupaciones en su mente. Ella quiere conocer "la verdad de las cosas".

Pero ¿dónde encontrar la verdad de las cosas?

¿Podría ser en los libros que tanto ama? ¿Podría ser en las Humanidades? ¿En la obra de los grandes autores griegos y latinos que había estudiado con pasión en la escuela secundaria? La excepcional memoria dada por su hada madrina le hizo retener todos estos textos, pero ¿realmente podemos encontrar la verdad ? A veces Marie-Louise lo duda, cuando su mirada se detiene en el paisaje alrededor del lago de Zurich.

Piensa que fue debido al destino de su padre, a su enfermedad, lo que obligó a este brillante oficial del ejército austríaco a convertirse en contable. Ella no se acuerda de Austria: sólo tenía 3 años y su hermana mayor, Marianne, sólo siete cuando su familia llegó a Suiza en 1918. Pero sueña que es una niña del corazón de Europa. Sí, así piensa... Ama la reflexión interna y, de todos modos, no es fácil comunicarse con su madre.

Esa mañana, en el bullicio habitual de la escuela, apenas si escucha a un compañero acercarse y hablar de su tía, Toni Wolff, (--pero ¿quién es esta señora?) que desea reunir a un pequeño grupo de adolescentes a petición de su amigo Carl Gustav Jung (--pero ¿quién es este señor?). Marie-Louise se entera que el Doctor Jung es un médico famoso y quiere reunirse con la juventud de su época. ¿Una invitación? ¿Por qué no? se dice...

Estaba oscura esa tarde del verano de 1932 cuando la pequeña banda parte para reunirse con el Dr. Jung en Bollingen. El cielo está negro, tanto que la fuerte lluvia y la tormenta les sorprende. Se ríen y se revuelven dentro de sus impermeables y paraguas, un poco preocupados, aún así, por llegar tan mojados. La más afectada es Marie-Louise, pues sus zapatos están chorreando. Cuando llaman al timbre y la alta figura del Doctor Jung aparece en el pasillo, Marie-Louise no sabe qué hacer, impotente ante el charco de agua a sus pies. Entonces, viéndola así, Carl Gustav Jung va a buscar sus propias zapatillas y se ofrece a prestárselas... en parte para consolar a la joven, en parte para preservar las alfombras. En este día de 1933, Marie-Louise von Franz calzó las zapatillas del Dr. Jung, sin saber siquiera que así comenzaría la compañía de toda una vida con la complicidad del cielo lluvioso.


domingo, 15 de septiembre de 2013

Entrevista a Jean Shinoda Bolen


Jean Shinoda Bolen tiene 75 años (2004). Es de familia japonesa y nació y vive en Los Ángeles. Analista Junguiana y profesora de psiquiatría en la Universidad de California. Cree  que la espiritualidad une y las religiones dividen.

-¿Quejarse es perder el tiempo?

-¡Claro!

-Hay mucho que aprender…

-Por eso a mi me interesan las mujeres maduras, con humor y activas. A partir de los 40 años empieza lo mejor si eres capaz de darte cuenta de la cantidad de cualidades potenciales que hay dentro de ti. Entonces te entran ganas de convertirte en bruja.

-No se yo…

-Se lo diré de otra manera: una bruja es una persona con poder personal.

-Eso me gusta.

-Las brujas sabias dicen la verdad con compasión, y no comulgan con lo que no les gusta, pero no tienen la rabia de las mujeres más jóvenes. Algunos hombres excepcionales pueden llegar a ser brujas, los que tienen compasión, sabiduría, humor y no están supeditados al poder.

-¿Algo más?

-Sí. Las brujas sabias son capaces de mirar hacia atrás sin rencor ni dolor; son atrevidas, confían en los presentimientos, meditan a su manera, defienden con firmeza lo que más les importa, deciden su camino con el corazón, escuchan su cuerpo, improvisan, ni imploran, ríen, y tienen los pulgares verdes.

-¡…!

-Quiero decir que tienen mano con las plantas. Y también con los animales. Primero aprenden a amar lo que hacen, luego alientan a otros al crecimiento. Saben reconocer lo frágil y lo que tiene valor, y también lo que debe ser podado.

-¿Hay que esperar a la vejez para ello?

-Cuanta más edad, más camino aprendido. La observación compasiva de la Vida de los demás te enseña mucho, y las mujeres sabias se pasan mucho tiempo observando. Algunas mujeres, muy pocas, son sabias a partir de los 30 o 35 años; esas a los 60 son increíbles.

-¿Qué nos quiere transmitir?

-Que las mujeres tienen la oportunidad de cambiar el mundo en las próximas décadas. Pero que si no lo hacen ya, probablemente ya no lo harán.

-¿Por qué dice eso?

-Tras el extremo feminismo de los 70, ahora el péndulo se haya en el centro por eso tenemos que aprovechar este momento. Las mujeres que se lo permiten pueden hoy llegar al equilibrio, a ser completas, fuertes y vulnerables al mismo tiempo.

-¿Un camino colectivo?

-Por supuesto. No tengo la menor duda de que un pequeño grupo comprometido puede cambiar el mundo. En realidad, así ha sido hasta ahora.

-¿Y cuál es el secreto para lograrlo?

-El millonésimo círculo. Yo aliento a las mujeres a formar círculos que tengan un componente espiritual. Simplemente escuchando los problemas, anhelos y miedos de otras mujeres y contando los tuyos, adquieres fuerza.

-Perdone, pero por qué en un círculo.

-Cuando uno está sentado en círculo y en silencio se da cuenta de que hay una conexión espiritual con poder transformador. Yo pertenezco a uno desde hace 18 años: encendemos una vela, guardamos silencio, contamos lo que nos preocupa, debatimos, y juntamos nuestras energías con un propósito.

-¿Convocan el poder interior?

-Interior y exterior. La espiritualidad, la física cuántica y el budismo dicen lo mismo: Todo y todos estamos interconectados y por tanto lo que cada uno haga influye en el mundo. Los círculos de mujeres transforman el mundo a través de la activación del Campo Mórfico de la teoría de Rupert Sheldrake.

-¿El centésimo mono?

-Sí, este biólogo desarrolló la hipótesis de que cuando una masa crítica de monos llega a un determinado conocimiento, este se transmite de forma intuitiva e instantánea a todos los miembros de su especie. Del mismo modo, un número crítico de círculos de mujeres puede activar las cualidades femeninas tan necesarias para que el mundo cambie.

-¿Por qué no círculos mixtos?

-Entre mujeres hay una conexión natural. Algunos estudios evidencian que cuando una mujer que sufre estrés habla con otra mujer, ambas liberan la hormona de la maternidad que provoca que el estrés descienda.

-Curioso

-Si las mujeres estuvieran implicadas en los procesos de paz, todo sería más fácil, ¡pero si los que la negocian son machos alfa…!

-¿Qué ocurre cuando se encuentran un hombre y una mujer estresados?

-Cuando un hombre estresado se encuentra con otro, segregan testosterona, que provoca huída o enfrentamiento. Pero si ese mismo hombre se encuentra con una mujer que le comprende, una bruja sabia, su adrenalina baja y su autoestima sube. Y basta solamente con que se siente a su lado.

-Es bonito eso que dice.

-Estamos llenas de recursos poderosísimos a los que no prestamos atención, como por ejemplo el conocimiento intuitivo. Estos conocimientos se pueden desarrollar en los círculos.

-¿Que camino interior propone?

-Sea auténtica, sea consecuente con su persona interior y averigüe qué quiere hacer con su preciosa vida. Desde fuera intentarán contestar por usted a las preguntas esenciales, no lo permita. Desvele qué tipo de arquetipo domina en usted.

-¿A qué se refiere?


-Sus patrones internos, que yo resumo en siete arquetipos de diosa. Cada mujer tiene dos o tres dominantes, que van desde la autónoma Artemisa y la fría Atenea, hasta la nutritiva Deméter, la creativa Afrodita, o Hera, la diosa del matrimonio.

-No será tan simple

-No. Pero si podemos llevar una vida en la que el arquetipo dominante y nuestro rol en la vida coincidan, nos sentiremos satisfechas.

Fuente: Entrevista publicada en La Vanguardia


sábado, 10 de agosto de 2013

El Alma Infantil

Por Marion Woodman

He observado que las personas tienden a reproducir la pauta de su nacimiento cada vez que la vida les exige acceder a un nuevo nivel de conciencia. Entran entonces en cada nueva espiral de crecimiento de la misma manera que entraron en el mundo. Por ejemplo, si el nacimiento fue fácil, tienden a encarar las transiciones con valentía y con una confianza natural. Si el nacimiento fue difícil, sienten mucho miedo, manifiestan síntomas de ahogo y padecen de claustrofobia (psíquica y física). Si nacieron prematuramente, tienden a actuar con precipitación, mientras que si lo hicieron más tarde de la fecha prevista, el proceso de renacimiento puede ser muy lento. Si nacieron de nalgas, serán propensos a recorrer, la vida "como los cangrejos", y si lo hicieron por cesárea, es posible que eviten los enfrentamientos. Si su madre recibió muchos calmantes, puede que lleguen al nuevo umbral de transición llenos de energía y entonces, de pronto, sin motivo aparente, quizá se detengan o inicien un proceso de regresión, esperando a que sea otra persona la que haga algo. A menudo, es en este punto cuando reaparecen las adicciones -comer desconsoladamente o no comer nada, beber, dormir, trabajar demasiado; cualquier cosa con tal de no enfrentarse al hecho real de estar moviéndose en un mundo lleno de desafíos.

En los sueños aparecen muchos bebés encantadores y también muchos pequeños tiranos que necesitan una disciplina estricta y afectuosa. Sin embargo, cada niño es notablemente distinto de los demás. El niño abandonado puede aparecer entre juncos, en medio de un pajar, en un árbol; casi siempre en algún lugar perdido o remoto. Es un niño radiante, fuerte, inteligente y sensible. Con frecuencia es capaz de hablar a los pocos minutos de haber nacido. Y tiene Presencia. Es el niño dios, el portador de la "dura y amarga angustia" del nuevo designio divino, la agonía de los Reyes Magos de Eliot. Cuando él nace, los antiguos dioses deben desaparecer.

La psique tiene una inclinación natural a la plenitud y es por ello que el Yo intenta propulsar su parte ignorada hacia adelante para que se la reconozca. Esta parte contiene energías del más alto valor; el oro en el estiércol. En la Biblia, la piedra que fue rechazada se convierte en la piedra angular. Se manifiesta en un cambio brusco o sutil de la personalidad o, a la inversa, en un fanatismo que el ego adopta para mantener marginada la nueva y amenazadora energía. Si el ego fracasa en atravesar el canal del nacimiento psíquico, surgen síntomas neuróticos que se manifiestan física y psíquicamente. El sufrimiento puede ser intenso, pero se basa en la adoración de falsos dioses; no se trata del auténtico sufrimiento que acompaña a todo esfuerzo por integrar la nueva vida. El neurótico siempre va un paso por detrás de su propia realidad. Cuando debiera madurar, se aferra a los desatinos juveniles. Nunca es coherente consigo mismo o con los demás ni está donde aparenta estar. Lo que no puede hacer es vivir en el ahora.

La vida diaria empuja a muchas personas hacia la plenitud pero, como no comprenden los ritos de iniciación, no pueden entender lo que les sucede. Durante todo el día fingen estar felices y de vuelta en su casa lloran toda la noche. Tal vez han sido abandonadas por alguien a quien amaban, tal vez se deben enfrentar a una enfermedad mortal, tal vez un ser querido ha fallecido, tal vez, y esto es lo peor de todo, las cosas les van mal sin ningún motivo aparente. En cualquier caso, si carecen de toda noción de los ritos de pasaje, se perciben a sí mismas como víctimas incapaces de afrontar el abrumador Destino que se cierne sobre ellos abrumador. El sin sentido de su sufrimiento las induce a evadirse mediante la comida, el alcohol, las drogas o el sexo. O quizás se rebelen en contra los dioses, gritando: "¿Por qué a mí?".

A estas personas se les presenta la posibilidad de renacer a una vida diferente. Los fracasos, los síntomas, los sentimientos de inferioridad y el agobiante peso de sus problemas se convierten en el aguijón que las impulsa a renunciar a las ataduras superfluas. De este modo, la posibilidad de renacer brota de entre las ruinas del pasado. Es por esto que Jung subrayaba la finalidad positiva de la neurosis. Pero, no entendiéndolo, la gente se aferra a lo conocido, se niega a hacer los sacrificios necesarios, se resiste al crecimiento. Incapaz de abandonar lo habitual, es incapaz también de abrirse a la nueva vida.

Sin ritos culturales en que apoyarse cuando se salta de un nivel de conciencia a otro, no hay muros de contención para encauzar el proceso. Sin comprender los mitos o la religión, o la relación entre muerte y renacimiento, destrucción y construcción, el individuo padece los misterios de la vida como un caos carente de sentido, y lo hace a solas. Entonces pueden surgir las adicciones como una forma de aliviar el sufrimiento absurdo, como un intento de reprimir las contradictorias exigencias del proceso de crecimiento que las estructuras culturales han dejado de aclarar o contener.

Cuando empieza el psicoanálisis el paciente se encara con una pregunta acuciante: "¿Quién soy yo?". Pero el problema inmediato que se plantea en cuanto empiezan a aflorar las emociones suele ser la escisión psique/soma. Si bien las mujeres tienden a hablar más que los hombres acerca de su cuerpo, en nuestra cultura ambos sexos están dolorosamente desconectados de su propia experiencia corporal. Las mujeres dicen: "no me gusta este cuerpo"; los hombres dicen "me duele". El hecho de que se refieran a su cuerpo en tercera persona revela claramente su alienación. Es posible que hablen de "mi corazón", "mis riñones", "mis pies", pero su cuerpo como un todo está despersonalizado. Es por ello que suelen afirmar: "no siento nada del cuello hacia abajo. Experimento sentimientos en mi cabeza pero nada en mi corazón". Su falta de respuesta emocional ante una imagen onírica poderosa refleja la escisión; sin embargo, cuando ubican dicha imagen en su cuerpo mediante un ejercicio de imaginación activa, sus músculos se estremecen con el dolor reprimido. El cuerpo se ha convertido en el potro de tormento. Si la persona siente ansiedad, obliga al cuerpo a pasar hambre o lo atiborra de comida, lo droga, lo intoxica, lo fuerza a vomitar, abusa de él hasta el agotamiento o lo empuja a reacciones frenéticas contra la autodestrucción y, cuando este animal magnífico envía señales de advertencia, se lo silencia con píldoras.

Mucha gente puede escuchar a su gato más inteligentemente que a su propio cuerpo despreciado. El gato corresponde con amor a sus cuidados, mientras que el cuerpo se verá obligado a lanzar gritos estremecedores para hacerse oír. Antes de que los síntomas se manifiesten, las llamadas de ayuda aparecen en los sueños: un elefante recién nacido y abandonado, un gatito medio muerto de hambre, un perro al que se le ha roto una pata. Casi siempre el animal herido trata de llamar la atención de la persona que sueña, a veces con suavidad y otras con insistencia, y puede que ésta responda a la llamada o puede que no. En los cuentos de hadas, un animal amistoso suele conducir al héroe o a la heroína a su objetivo, porque el animal es el instinto que sabe cómo obedecer a la diosa cuando falla la razón.

Es posible que el grito emitido por el cuerpo abandonado, el grito que se manifiesta en forma de síntoma, sea el llanto del alma que no encuentra otro modo de hacerse oír. Si hemos pasado toda la vida ocultos detrás de una máscara, tarde o temprano -con suerte- la máscara se hará añicos. Entonces tendremos que mirar en el espejo y ver la realidad de nuestro rostro. Es posible que nos espantemos. Es posible que veamos la mirada horrorizada de nuestro propio niño diminuto, ese niño que nunca ha recibido amor y que ahora nos implora atención. Es un niño solitario, abandonado incluso antes de que saliéramos del útero, o al nacer, o cuando empezamos a complacer a nuestros padres y aprendimos a hacer lo que nos pedían a fin de que se nos aceptara. Con el transcurso de la vida quizá hemos seguido abandonando a nuestro niño para complacer a los demás -maestros, profesores, jefes, amigos, socios e incluso analistas-. Ese niño que es nuestra propia alma clama su dolor oculto tras los escombros de nuestras vidas, a menudo desde el centro mismo de nuestros peores complejos, suplicando que le digamos: "No estás solo. Yo te quiero".

Lo que sigue es el relato de un sueño infantil recurrente que acosó a una mujer hasta que, cumplidos los cincuenta años, logró enfrentarse a él en sus sesiones de psicoanálisis:

Tengo cuatro o cinco años. Estoy con mi madre en un edificio atestado de gente, probablemente unos grandes almacenes. Mi madre viste ropa oscura, un abrigo y un sombrero negros o marrones, y sólo le veo la espalda. Al salir del edificio la muchedumbre me retiene y mi madre, sin darse cuenta, se aleja y desaparece. Trato de llamarla, pero no me oye; nadie puede oírme. Tengo mucho miedo, no únicamente de estar perdida sino también de que mi madre no se haya dado cuenta y de que nos hayamos separado.

Salgo del edificio a una escalinata larga, de peldaños anchos, parecida a la que hay en la entrada de la National Gallery de Londres, sólo que más alta. Desde arriba veo que conduce a una gran plaza en la que no hay ningún objeto, aunque hay otras escalinatas similares que llevan a los edificios que la rodean. La plaza, los peldaños y los edificios son muy blancos y están muy limpios. Con la mirada recorro la plaza esperando ver a mi madre pero no la veo por ninguna parte. Estoy sola en lo alto de la escalinata. En la plaza hay otras personas, pero nadie se da cuenta de mi presencia. Sé que nada de lo que haga servirá para que me vean.

El pánico me paraliza y me siento abrumada por la sensación de estar perdida, de que me han abandonado. Es como si hubiera dejado de existir para mi madre, que ya no se preocupará de volver a buscarme, es posible que incluso se haya olvidado de que existo; de hecho, no existo para nadie, no consigo que nadie se dé cuenta de que existo.

Por un momento, y simultáneamente, soy un observador adulto que desde el otro lado de la plaza ve a la niña sola en lo alto de la escalinata tratando de hacerse notar. Yo también soy este observador, una mujer adulta que siente una enorme compasión por la niña y que desea consolarla y darle ánimos, pero que no logra acercársele. Algo -el inconsciente de las otras personas o el pánico propio de la niña-imposibilita la comunicación entre la niña y este adulto preocupado y comprensivo.

La mujer asociaba este sueño con el cuadro de Edward Munch “El grito”, que despertaba en ella un pánico similar. "El fondo es oscuro y tenebroso", dijo, "mientras que en mi sueño el entorno es muy claro, blanco, nítido, con sólo unas pocas siluetas oscuras, irreconocibles pero también nítidas. El personaje que grita intenta escapar de su entorno; la niña de la escalinata intenta vincularse al suyo." Muchos hombres y mujeres viven atrapados en su muda desesperación hasta que optan por ayudar a ese niño interior.


sábado, 18 de mayo de 2013

El Renacimiento y el Niño Eterno

Ralph Metzner

Al proceso de morir psicológicamente, mientras uno todavía está vivo, sigue el renacimiento o la renovación psicológica. En palabras de Ramana Maharshi: "Quien encuentra el camino al núcleo del Yo, donde se originan todos los niveles del yo, todas las esferas del mundo, quien, por medio de la pregunta '¿de dónde soy yo?' encuentra el camino de regreso a su fuente primordial, nace y renace. Sabed que quien así nace es el más sabio de los sabios porque está reuniendo de nuevo en cada momento de su vida".

Esta fase de renacimiento del proceso de transformación se puede experimentar de varias maneras: a) En primer lugar existe la idea de resurrección: el renacimiento como recuperación de la vida de una personalidad que ha muerto, b) Alternativamente, el renacimiento se concibe como la sustitución del yo menor por otro Yo o Espíritu mayor, c) En tercer lugar, se considera que quien ha muerto, real o metafóricamente, sigue viviendo en un mundo distinto, en un estado distinto. d) En la cuarta variante, se concibe al nuevo ser como un niño: éste es el arquetipo del niño radiante, divino o eterno que, como señala Jung, simboliza "el futuro potencial".

a) La idea de la resurrección, la restitución a la vida de un cuerpo adulto que ha muerto, se describe en muchos relatos míticos y chamánicos: Isis resucita a Osiris; el cazador y el jaguar, gemelos del Popol Vuh, se recomponen después de haber sido desmembrados; los chamanes que han "muerto" pueden ser reconstituidos por su animal de poder, su aliado. Muchos practicantes actuales del chamanismo cuentan cómo fueron "desmembrados", "pulverizados", "quemados", "destripados" o de alguna otra forma "destruidos", y más tarde reconstituidos por su animal aliado. Un hombre, por ejemplo, reveló cómo su animal, un "caballo", se arrimó a su "cadáver" y, pasando suavemente los enormes collares por encima de su cuerpo inanimado, le "insufló" y devolvió la vida. Aunque desde un punto de vista escéptico podríamos desestimar este relato como la engañosa fantasía de una imaginación calenturienta, todavía tendríamos que explicar el hecho de que este hombre, al igual que tantos otros, se sintiera mejor y más sano después de su experiencia.

En el Nuevo Testamento, la historia de Lázaro, así como la del mismo Jesús, ejemplifica este tipo de resurrección física. En menor grado, los testimonios modernos sobre la experiencia de la muerte cercana coinciden con este modelo. Jesús, resucitó en un cuerpo "espiritual", no físico, que, sin embargo, se parecía tanto al cuerpo físico que conservaba incluso todas las heridas sufridas por aquél. Para la mayoría de nosotros, la experiencia más similar a ésta es la de una enfermedad casi mortal de la cual llegamos a recuperarnos, restableciéndose completamente la salud del cuerpo. Un rasgo común a todos estos casos en los que el individuo persigue intencionadamente una transformación del tipo muerte-renacimiento, consiste en que el nuevo cuerpo es mejor que el antiguo: más fuerte, más sano y más ligero.

b) Otro aspecto de esta experiencia de renacimiento y renovación tiene que ver con el eclipsamiento o la sustitución del yo menor por el Gran Yo, del ego físico personal y mortal por el Espíritu transpersonal inmortal. El Maestro Eckhart indica que en esta experiencia, "el alma... está muerta para el yo y vive para Dios". Un santo sufí escribió: "muere tu ser y Su persona cubre tu persona". O en las palabras del evangelio según San Juan: "El que no nazca del agua y del espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne, carne es; lo que nace del Espíritu, espíritu es". Las personas que alcanzan tal estado sienten cómo las preocupaciones e intereses de su ego se desvanecen en la insignificancia o la nada ante el poder impresionante y la admirable luz del Gran Yo, el dios interior, la "esencia adamantina", el Atman.

Como indicó C.G. Jung en su ensayo "Concerning Rebirth", el encuentro con el Yo puede ser una experiencia abrumadora y aniquiladora. Jung escribió que:

El que es verdadera y desesperadamente pequeño siempre degradará la revelación de lo superior al nivel de su pequeñez y nunca comprenderá que el día del juicio por su pequeñez ha despuntado. Pero el hombre que es grande interiormente sabrá que el esperado amigo de su alma, el inmortal, ha llegado de verdad "para recluir la reclusión"; es decir, para aprisionar a quien confinaba y apresaba al inmortal y para entregar la vida al flujo de esa vida superior -un momento de peligro mortal.

Tal como aclara esta cita, quienes se identifican con el pequeño yo, con el ego personal, corren peligro de muerte. Sin embargo no todos los encuentros con el Yo tienen por qué ser traumáticos ni dolorosos siquiera. Existe, después de todo, un vasto cuerpo de literatura mística que canta con entusiasmo el éxtasis de la unión con lo divino, la beatitud de la muerte pacífica y de experiencias unificadoras que tienen el carácter de nupcias y que son comparables a la disolución en una sensación oceánica de unidad.

c) Algunos relatos sobre la experiencia de muerte-resurrección subrayan la nueva cualidad de la conciencia y de la percepción que surgen como resultado de la misma. Es como si hubiéramos entrado en un nuevo mundo, donde todo presenta una nueva apariencia y se siente de forma distinta, donde todo se percibe bañado por una especie de prístino resplandor. También las reacciones mentales y emocionales ante lo percibido son nuevas; la alegría y la espontaneidad se convierten en cualidades dominantes y se produce una efusión de afecto y entusiasmo. En un tratado hermético anónimo de la Edad Media se puede leer: "La resurrección es la revelación de lo que es, y la transformación de las cosas, su transición [metabole] hacia lo nuevo. Porque la cualidad de lo imperecedero desciende sobre lo perecedero y la luz desciende sobre la oscuridad, absorbiéndola". Encontramos aquí un pa-ralelismo entre la metáfora del recién nacido y la metáfora de la visión desvelada; la depuración de las puertas de la percepción. Los místicos sostienen que después de la revelación de la muerte-resurrección, todo se percibe con amor y sabiduría, desde la perspectiva de lo infinito y lo eterno (sub specie aeternitatis).

d) La máxima bíblica que nos advierte: "si no cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos", es una consecuencia natural de la enseñanza según la cual antes de entrar en el iluminado y bendito estado de dicho Reino es preciso morir. En este sentido, la metáfora de la muerte-renacimiento nos remite al arquetipo del niño-dios, el puer aeternus. Aunque la mayor parte de los comentarios a cargo de los junguianos sobre el puer y la puella se centran en el lado oscuro, en la sombra de este arquetipo, y en su manifestación clínica en individuos frívolos, inmaduros y "playboys", esto sólo constituye una interpretación limitada de esta poderosa imagen. Los alquimistas chinos y occidentales hablaban del feto de la inmortalidad, el hijo de los filósofos que nace como consecuencia de la conjunción interior de lo masculino y lo femenino. El concepto del niño eterno, que se manifiesta después de una experiencia de la "muerte" consciente, guarda relación con el gran número de mitos que tratan del nacimiento de un dios en forma humana y que desempeñan un papel central en la mayoría de las religiones. Las leyendas indias acerca de Krishna y la leyendas cristianas acerca del niño Jesús son sólo sus ejemplos más conocidos.

Jung, en su ensayo "Psicología del Arquetipo Infantil", señaló varios de los rasgos y significados más importantes de este profundo símbolo. Lo describió como una anticipación de la síntesis entre lo consciente y lo inconsciente, como un símbolo de plenitud y como símbolo del Yo. El niño-dios o niño-héroe tiene siempre un nacimiento insólito y milagroso, o es concebido en la virginidad, lo cual corresponde a la "génesis psíquica" del nuevo ser. La imagen del niño representa así un vínculo con el pasado, con nuestro pasado, así como un vínculo con el futuro, puesto que anticipa un "estado naciente de la conciencia". El "niño dorado" o "joven eterno" es andrógino, porque representa la unión perfecta de los opuestos. Sólo el antiguo yo, el yo ordinario, se identifica como masculino o femenino -y ahora este yo ha muerto. El niño es al mismo tiempo principio y fin, "una criatura inicial y terminal", porque la plenitud que simboliza es "más vieja y más joven que la conciencia, a la que rodea en el tiempo y el espacio".

El niño-dios es invencible. Durante su infancia, él/ella derrota a peligrosos enemigos: una de las imágenes del niño Krishna lo muestra, en una danza, pisoteando descalzo una serpiente -una metáfora de la agresividad instintiva y reptiliana. En otro ejemplo, procedente de la mitología griega, el bebé Heracles estrangula a una serpiente que lo atacó en su cuna. El Niño posee todo el poder de un dios, puesto que es un dios; es el Inmortal que sustituye a la personalidad "mortal". También aquí encontramos el concepto del niño-dios como representación del triunfo sobre la muerte. Cristo demostró su poder para resucitar -a sí mismo tanto como a otro (Lázaro)- y muchos otros héroes divinos y yoguis muy evolucionados han demostrado poderes similares, como docu-menta, sobre todo, la literatura mística oriental. Aunque semejante poder le parezca remoto a la persona normal, los mitos y las imágenes que lo expresan muestran el potencial y revelan lo que los seres humanos pueden conseguir.

En la liturgia ortodoxa rusa, el triunfo sobre la muerte se expresa en los siguientes términos: "Cristo ha resucitado de los muertos, pisoteando muerte tras muerte y otorgando la vida a los que están en la tumba". Pienso que esta imagen se refiere a la transformación que se opera en la psique cuando se experimenta el poder curativo y transformador de la muerte intencional. Las tendencias inconscientes a la muerte (thanatos), que se oponen a las tendencias del cuerpo a preservar la vida (eros) por medio de la enfermedad y de otros procedimientos destructivos, se reducen gradualmente, o más bien, se equilibran. Uno de mis profesores hablaba, en este sentido, de las "bolsas de muerte" inherentes a nuestra naturaleza que la conciencia iluminada abre y disuelve, provocando así la muerte de la muerte. La aceptación consciente de la muerte y del "morir" supone un proceso de alimento espiritual. 

Shakespeare expresa esta idea en uno de sus sonetos:

Así de muerte, que hombres come, comerás, y una vez muerta Muerte, no hay morir ya más.

También en la tradición china taoísta, que no es teísta, se conoce y se valora el arquetipo del niño eterno. El niño recién nacido todavía está vinculado al Tao, a la fuente de su vida y de su manifestación, motivo por el cual deberíamos emularlo. Como dice Chuang Tsu: "¿Puedes ser como un niño recién nacido? El bebé llora todo el día, pero nunca tiene la voz ronca. Esto es porque no ha perdido la armonía de la naturaleza". Los taoístas resaltan el valor práctico con respecto a la salud y al bienestar, de sintonización con la conciencia infantil.

Para el individuo en proceso de transformación, las imágenes y los mitos del niño eterno fomentan una actitud positiva y afirmativa de la vida. Se nos alienta así a afrontar y transformar nuestro miedo a la muerte, a acoger el proceso del "morir" como deparador de libertad y sabiduría. De este modo llegamos a comprender que de la confusión y la negrura de la muerte se deriva la luminosa vitalidad del yo recién nacido, un nuevo yo que se halla vinculado a la fuente eterna de toda vida, la fuente de donde proviene nuestra divina esencia interior. De ahí que reciba el apropiado nombre de "niño eterno".